Al pie del Támesis
Acaba de estrenarse en Lima la nueva obra de Mario Vargas Llosa, Al pie del Támesis, dirigida por Luis Peirano y con la actuación de Alberto Isola y Bertha Pancorvo, en el Teatro Británico de Miraflores.
Uno siempre corre el riesgo con Vargas Llosa. Corre el riesgo de volverse un poquito más loco, el riesgo de enfrentarse a sus peores demonios, el riesgo de enamorarse de los personajes y sobre todo, el riesgo de no poder volver a ver el mundo de la misma manera. Y es que la inspiración le llega de lo que ve, de lo que le cuentan, de lo que vive y de lo que se imagina. Quizá sea por su manera tan orgánica de crear que sus historias nos conmueven tanto como la vida misma, con la exacta dosis de ficción que la cotidianidad humana y latinoamericana nos ofrece.
Dice el autor en el programa que le tomó casi seis años escribir Al pie del Támesis, bien si el proyecto inicial no tardó más de dos semanas para enterrarse en un primer borrador. Fueron varias versiones antes de llegar a ésta que ahora se le presenta al público, en estreno mundial.
La historia comienza con un encuentro a partir del cual empiezan a aparecer los diferentes demonios que persiguen al protagonista, Chispas Bellatín, en varias formas de su mejor amigo, Pirulo Saavedra. Los descubrimientos que la conversación va sugiriendo desnudan las instancias existenciales del Chispas, regresándolo a aquellos recuerdos que su memoria había maquillado y luego olvidado. Así, su personalidad y su carácter se van desdibujando, exponiendo las aberraciones más íntimas de su castrante consciencia y los secretos mejor guardados por su sensible alma. Cada giro se anticipa con los extraordinarios diálogos —acaso monólogos—, hasta un punto, hacia el final de la obra, donde la historia se revela inesperadamente.
El ámbito del amor, la amistad y la sexualidad sirven como lienzo en blanco para que el espectador cubra con sus propios colores. De la misma manera, la trama no es sino una figura metafórica de lo que uno quiere que sea; peor aún, es una figura metafórica de lo que uno no quiere que sea.
La obra aborda tangencialmente la doble moral, tema que se encuentra en otros libros de Vargas Llosa como Conversación en la Catedral y Pantaleón y las visitadoras. Critica, así, desde el mismo protagonista y su vida, lo que la sociedad niega y condena, la obligación de parecer que subyuga a la libertad de ser y no ser.
Cabe preguntarse ahora, ¿por qué Londres? ¿Por qué el cuarto del hotel Savoy? ¿Por qué al pie del río Támesis? Desde la primera escena cobran significado los elementos que constituyen el entorno y el paisaje. No podía ser sino Londres la ciudad indicada para soportar a un hombre y sus fantasmas. Otra ciudad o Lima, que necesita de tres reyes para gobernarla, hubiese sido un escenario confuso para el desarrollo de este complejo relato. La neblina es perfecta para ocultar lo que no debe verse; el frío obliga a llevar todo adentro; las leyendas permiten que cualquier historia sea posible.
Un cuarto del prestigioso hotel Savoy ayuda en la construcción del perfil del Chispas como importante hombre de negocios, exitoso y rico. Además, la locación privilegiada del hotel permite ubicar, como parte de la escenografía, al río Támesis por la ventana. Y éste es, probablemente, el significante que más misterio encierra en el desenvolvimiento de la obra. La imagen de la corriente representa a la personalidad de Chispas Bellatín. El río más importante de Inglaterra, que se congeló tantas veces, que llegó a ser uno de los más contaminados de Europa en los siglos XIX y XX, para hoy ser distinguido como el más limpio de la ciudad; escenario de grandes amores y terribles crímenes, fuente de inspiración para artistas, génesis de la niebla londinense, todo conlleva a pensar en lo que celosamente guarda y encubre.
Al pie del Támesis es una tesis sobre la identidad equívoca, producto del peor desarraigo que puede tener una persona: el abandono de su propia esencia. Sueños que se mimetizan con frustraciones, recuerdos que se confunden con excusas, deseos asesinados con lágrimas disfrazadas de sonrisas.
La obra no termina en la hora y veinte minutos que anuncia la voz en off. No termina tampoco con el café que le sucede ni a las explicaciones que este artículo ensaya. La sensación que deja es la misma que se siente al terminar un libro que penetró en el alma, sólo que no deja volver sobre las páginas que más cautivaron. Es imposible revivir la historia porque está viva, y eso es lo que más nos asusta. Definitivamente, vale la pena correr el riesgo.
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