Vladimir Nabokov, Editorial Anagrama. 137 páginas
Un hombre adulto, maduro, frisando los 60 años, se ve apasionadamente atraído por una niña de apenas 12 años. Lo convoca la lascivia, el instinto primitivo.
El hombre concurre asiduamente al parque en el cual juega la niña – se supone que está en la ciudad de París – bajo la atenta mirada de su madre enferma. El sujeto – sin nombre en la obra – se acerca a la madre e inicia una amistad con ella. En su plena turbación, el hombre decide conquistar a la madre, la enamora, la seduce y le ofrece matrimonio. Todo lo hace solo para estar cerca de la niña, para no dejar de contemplarla ni de imaginar la satisfacción de sus deseos.
Una vez casado, como era de esperarse, fallece la madre y el hombre queda con la niña, a la cual somete, con argucias de juego y divertimentos, a sus bajos instintos. Ahora bien, el relato Nabokov lo hace con su natural genialidad, utilizando figuras subyugantes, descripciones inigualables, recurriendo al detalle que confirma la originalidad de su ficción.
Nabokov escribió esta obra en ruso, su lengua materna, la cual abandonaría para dedicarse a hacerlo en inglés. Es interesante saber que el propio Nabokov ha declarado que este libro es una suerte de anticipo de lo que sería su más genial y trascendente creación literaria – “Lolita” –, historia que, según también él mismo ha afirmado, concibió a partir de una noticia que leyó en un diario.
Cabe destacar, entonces, cómo es que un escritor – en este caso el gran Nabokov – trabaja la idea germinal de una historia. Le llama la atención algo singular, lo asimila y de cuando en cuando emerge hasta estimular el desarrollo creativo. Que El hechicero sea el prolegómeno de Lolita no hace sino confirmar ese proceso.










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