Estados Unidos en clave de novela
Tal vez la narrativa de Philip Roth (Estados Unidos, 1933) sea una de las obras en curso más importantes de la literatura estadounidense; no en vano será publicada en la Library of America, honor que sólo le cupo a dos escritores vivos antes que Roth: Eudora Welty y Saul Bellow. Trágico y cómico, mordaz y revulsivo, este notable escritor nacido en Brooklyn, autor de libros tan célebres como El lamento de Portnoy o La visita al maestro, transfigura en sus ficciones los profundos conflictos de la sociedad de su país y de su tiempo.
Es la de Philip Roth una obra diversa, multifacética y prolífica (veinticinco novelas incluida Sale el espectro, recientemente aparecida en castellano (ver recuadro), y algún volumen de cuentos, entre los que destaca Goodbye, Columbus, de 1959) que, con todo, reconoce algunas constantes que la singularizan, como los compases inaugurales de una melodía develan inequívocamente la identidad del músico que hay detrás. En primer lugar, aquello que la crítica y escritora argentina radicada en Barcelona Ana Basualdo ha llamado “la pulsión cartográfica”: ese espacio físico que un escritor delimita para su uso personal y excluyente y que poco importa que sea inventado o que su nombre coincida con algún lugar real: desde el Buenos Aires de Borges y el Macondo de Márquez hasta el Chicago de Bellow o el Brooklyn de Bernard Malamud. En el caso de Roth es el barrio judío de Weequahic, Newark, New Jersey, donde el escritor nació y creció; donde advierte que el trabajo (duro, cotidiano, tenaz) es, mucho más que la religión, el rasgo distintivo de su entorno. El denuedo de los personajes de Roth va a estribar en que la condición de ser-judío pase de ser un dato sustantivo a un mero azar de filiación: “...desde hacía tres generaciones, ya teníamos una patria”, manifiesta el narrador de La conjura contra América, “nuestra patria era los Estados Unidos de América”. Declaración que se compadece punto por punto con la frase inicial de Las aventuras de Augie March (uno de los libros mayores de Bellow, junto con Herzog), en la que el judío Augie March dice: “Soy americano, nacido en Chicago”.
El sueño y la pesadilla
Pero el americanismo de Roth está lejos de ser complaciente, resulta tan devastador como lo fue, en su momento, el de Norman Mailer. Su quinto libro, La pandilla, es una parodia sangrienta inspirada en la administración Nixon y escrita bajo la advocación de un epígrafe extractado del opúsculo de George Orwell titulado La política y el idioma inglés: “El lenguaje político (...) está ideado para que las mentiras suenen a verdades, para que el asesinato parezca respetable y para dar apariencia de solidez a lo que es puro viento.” Precisamente, el punto de inflexión de La pandilla está en el lenguaje que articula Nixon: una mezcla de grotescos sofismas (“Éste es un país libre, y por cierto una de nuestras libertades fundamentales es la elección del sitio donde quieres que tus hijos mueran”), cinismo (“nunca he perdido la fe en la maravillosa indiferencia del pueblo norteamericano”) y despojada sinceridad (“con el mero propósito de ser reelegido, ¿dónde podría encontrar el tiempo para preocuparme de los derechos de nada?”). El tono de virulencia y causticidad de Roth en este aspecto alcanza su punto culminante en la llamada “trilogía americana” o “trilogía de la América perdida”: Pastoral americana, Me casé con un comunista y La mancha humana, escritas casi tres décadas después de La pandilla y en la que el sueño americano de los años setenta ha tomado la forma de una monumental pesadilla. Seymour Irving Levov, el Sueco Levov, el protagonista de Pastoral americana, es quien mejor encarna, a lo largo de la trilogía, la pesadilla por ser, en apariencia, quien llega a delinear con más prolijidad el sueño. Destacado atleta universitario, marine y exitoso hombre de negocios, el Sueco Levov no puede vislumbrar ni en sus peores fantasías que ha engendrado una hija que lo va a conducir al revés de la trama de la pastoral: “a la fiera americana indígena” tejida con los hilos de la furia, la violencia y la desesperación. Sencillamente, como observa con resignación el narrador de Pastoral..., la tragedia reside en que el hombre no está hecho para la tragedia. Por más que, en rigor, no integre la mencionada trilogía, la novela La conjura contra América, por tono y características, bien se le podría adicionar tornándola una tetralogía. Es una novela en la cual Roth echa mano de uno de sus rasgos literarios más frecuentes: la invención de lo posible, aquello que los historiadores denominan “hipótesis contrafactuales”: ¿qué habría pasado si Hitler ganaba la guerra? ¿Qué habría pasado si Kennedy no hubiera sido asesinado?, etc., etc. En la Convención Republicana de 1940, el héroe de la aviación y desembozado filonazi Charles Lindbergh se unge como candidato presidencial y, al cabo, se convierte en el trigesimo tercer presidente de los Estados Unidos. La conjura contra América, tal como explica su narrador, son unas memorias atravesadas por “un temor perpetuo” en la medida en que en la América de Lindbergh la seña de identidad contingente se convierte, de pronto, en esencial: ser judío, por más arraigado que se esté en suelo estadounidense es una sentencia de muerte a mediano o corto plazo. Publicada en el año 2004, presenta a un primer magistrado cuya palabra es una precipitación en la mentira o el enmascaramiento, armado de una retórica elemental y que apela a los más bajos instintos del chauvinismo; no es tarea fácil para el lector atento sustraerse a la seducción de reemplazar el apellido de Lindbergh por el de Bush.
De origen judío y de vocación irrenunciablemente literaria, es casi inevitable intentar, al menos, la asimilación de Philip Roth con Franz Kafka, en especial porque Roth se ha ocupado de hablar largo y tendido de Kafka en ficciones como Mi vida como hombre, El profesor del deseo y La orgía de Praga. Es una asimilación que comportaría un error o, cuanto menos, un exceso; Roth no es, definitivamente, el Kafka de New Jersey. Si bien ambos son hijos sin hijos, se alzan dos figuras paradigmáticas en el decurso de la narrativa de Roth: su padre y otra figura paternal, el presidente Franklin Delano Roosevelt. “Pero mi padre es una figura todavía más grande”, dirá alguna vez Roth, “él duró más de cuatro administraciones.” Si los hermanos y la familia en general despiertan en la narrativa de Kafka un sentimiento que oscila entre la molestia y la resignación, el hermano mayor del protagonista (desde Mi vida como hombre hasta La conjura contra América) genera una adhesión que se funde con el respeto reverencial. Y, por último pero acaso esencial, lo que en Kafka es un estremecimiento delinea¬do con la filigrana del pudor, en Roth es celebración desenfrenada transmitida con un impulso rabelaisiano: el sexo, la genitalidad, el deseo. Roth conoce el éxito –masivo, arrasador, norteamericano– con la publicación de su cuarto libro: El lamento de Portnoy. Es el largo monólogo de Alexander Portnoy, un exitoso abogado judío de treinta y tres años, dirigido a su psicólogo, el doctor Spielvogel, en el cual se define como “el Raskolnikov de la masturbación” durante la adolescencia y un compulsivo amante durante la edad adulta, hasta llegar a un epílogo que resulta, por lo menos, tragicómico: no logra tener una sola erección cuando visita el Estado de Israel. La novela era lo suficientemente atrevida y brillante como para reportarle a Roth fama, dinero y un malentendido monstruoso: Roth es esa primera persona que narra El lamento..., Roth es Portnoy.
Las máscaras
Es probable que este malentendido haya sido uno de los más fecundos en la carrera literaria de Roth, porque le permitió crear lo que él mismo ha calificado de “autobiografías alternativas”, las cuales, cabe aclararlo, no tienen punto de contacto con los heterónimos de Pessoa: éstos cumplen el rol de reemplazar la experiencia vital (Pessoa, como Borges, pudo decir: “Vida le ha faltado a mi vida”); los alternativos de Roth narran una experiencia posible a partir de una experiencia arraigada en lo real, la de Roth. Tres personajes presiden estas autobiografías alternativas. David Kepesh se convierte en una enorme glándula mamaria en El pecho, un dislate recortado a la medida de “La nariz”, de Gogol, cuyo protagonista publica un anuncio en el diario local solicitando el retorno de la nariz que ha decidido, de manera inexplicable, abandonar su cara. Kepesh reaparece en El profesor del deseo, un profesor universitario cuyo trabajo de Sísifo, permanentemente inacabado, es un libro sobre Chéjov, y que padece la tiranía de un deseo que, como todo deseo genuino, resulta de satisfacción improbable. Nathan Zuckerman, el alter ego por antonomasia de Roth, protagoniza una trilogía conformada por La visita al maestro, Zuckerman desencadenado, La lección de anatomía, y un breve texto que funciona a la manera de coda, La orgía de Praga (que tiene más de un punto de contacto con un trabajo de corte periodístico de Roth: El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras). Aparecido por primera vez en Mi vida como hombre, es en esta trilogía donde Zuckerman termina de consumarse como personaje, desde su peregrinaje para compartir algunas horas con el maestro E. I. Lonoff (un avatar de Saul Bellow, a quien Roth reconoce su magisterio) hasta el éxito desmesurado de su novela Carnovsky (el Portnoy de Zuckerman) y la postración física, que es la libra de carne que Zuckerman paga por haber sido sacado del anonimato y catapultado a la celebridad. Con menos suerte que Roth, el padre de Zuckerman, en su lecho de muerte, le dedica su última palabra a su hijo: “Bastardo”. En libros posteriores (Me casé con un comunista, Pastoral americana), Zuckerman va a ser desplazado de su rol de protagonista, pero será él quien cuente la historia. En la producción más reciente (Patrimonio, La conjura contra América) el protagonista es, sencillamente, Philip Roth; como si entre la realidad y la ficción sólo mediara una delgada máscara: la del nombre propio.
Un fantasma que vuelve
Pocos pecados más irredimibles en la literatura que la traducción literal. Es en el que se incurre al trasladar al castellano el título de la última novela de Roth, Sale el espectro; porque, en verdad, no hay salida alguna de ningún espectro, sino el retorno de un fantasma, concepto este último que abarca todos los sentidos posibles del término: desde el pueril hasta el psicoanalítico. El legendario Nathan Zuckerman –pauperizado físicamente, con las secuelas de un cáncer de próstata y sufriendo incontinencia– decide abandonar su retiro de ermitaño al oeste de Massachusetts y retornar a la Nueva York que abandonó hace décadas y que lo sorprende con su profusión de teléfonos celulares, sexo al paso y la reelección de Bush. Zuckerman reencuentra a Amy Bellette –tan pauperizada como él–, quien, a la postre, se ha convertido en la viuda de Lonoff, escritor que Zuckerman admiró en su juventud y personaje central de La visita al maestro. También conoce a una joven mujer que despierta lo que parecía sepultado para siempre y domesticado por fin: el deseo. Ése es el fantasma que retorna a Nueva York: el fantasma del deseo. Un deseo que pervive aunque no pueda consumarse, un deseo que excita en la misma medida que desgarra, un deseo que se renueva al tiempo que atormenta. El afantasmado cuerpo de Zuckerman es el campo donde se libra esta batalla del retorno. Sale el espectro es un genuino Roth (lo que no es poco) y es posible leerlo como un complemento perfecto de Elegía, una brutal radiografía de la defoliación física.
Bibliografía esencial en castellano
El lamento de Portnoy, Random House, 1967.
La pandilla, Grijalbo, 1973.
El pecho, Grijalbo, 1974.
Mi vida como hombre, Emecé, 1975.
El profesor del deseo, Sudamericana, 2007.
Zuckerman encadenado, Seix Barral, 2005 (bajo este título se reúnen: La visita al maestro, Zuckerman desencadenado, La lección de anatomía y La orgía de Praga).
Pastoral americana, Mondadori, 2005.
Me casé con un comunista, Sudamericana, 2006.
La conjura contra América, Sudamericana, 2005.
Elegía, Sudamericana, 2007.
Sale el espectro, Mondadori, 2008.
*ESCRITOR Y CRÍTICO LITERARIO.
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