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Incierto futuro de la Gran Potencia

por Gérard Duménil y Dominique Lévy*
La crisis financiera en Estados Unidos
Gérard Duménil y Dominique Lévy*

En tanto el poder adquisitivo de los estadounidenses se estanca, su tasa de ahorro es casi nula y el valor de sus bienes inmuebles ha registrado una baja notoria, el endeudamiento de los hogares alcanza un nivel récord. Esto significa que el consumo a crédito ya no podrá socorrer a una economía en cortocircuito, como ocurrió sistemáticamente con las recesiones precedentes.

El comunicado publicado el pasado 14 de junio al término de la reunión de ministros de finanzas del G8 sorprende por su carácter moderado: “La innovación financiera contribuyó de manera significativa al crecimiento y al desarrollo mundial, pero, en vista de los riesgos que corre la estabilidad financiera, es imperioso que se incrementen la transparencia y la consciencia de los riesgos”. Las palabras clave fueron cuidadosamente elegidas: “desarrollo”, “innovación financiera”, por un lado; “transparencia”, por el otro. Otros términos están ausentes: “inestabilidad”, “reglamentación”... Y nada se dice de los factores subyacentes a la crisis: los crecientes desequilibrios de la economía de Estados Unidos.

Ahora bien, en el corazón del proceso que condujo a la actual crisis se observa, más allá de la ausencia de una reglamentación de los mecanismos financieros, lo que podría denominarse el “camino neoliberal” de la economía de Estados Unidos. Un itinerario iniciado a comienzos de los años ’80, tras tres décadas de keynesianismo. Cinco grandes tendencias están en juego. En primer lugar, la desaceleración de la inversión productiva, entendida como el crecimiento de todos los elementos “materiales” que requiere la producción: edificios, oficinas, maquinarias... Esta disminución se ve acompañada por un fuerte crecimiento relativo del consumo. Nada semejante pudo observarse en el pasado. Es este enorme crecimiento lo que origina un aumento en el déficit del comercio exterior. Finalmente, haciéndose eco de estas tendencias, es preciso mencionar el doble incremento repentino de la deuda interna (esencialmente la de los hogares y las finanzas) y del financiamiento del déficit externo por el resto del mundo (1). Un camino muy extraño trazado por el consumo en detrimento de la inversión productiva y que se alimenta de las importaciones; una demanda sostenida por el crédito otorgado por las instituciones financieras estadounidenses, a sabiendas de que nada hubiera sido posible ¡sin el financiamiento por parte del resto del mundo! Lo que podría haber generado preocupación, pero, por el contrario, la propaganda neoliberal difundía la imagen halagüeña de un Estados Unidos “locomotora” del crecimiento mundial.

El neoliberalismo cuestionado

El aumento de los desequilibrios y la crisis financiera no surgieron en Francia, ni siquiera en el Reino Unido, sino efectivamente en Estados Unidos, y nada hubiera sido posible sin el dominio que este país ejerce sobre el resto del mundo. Pero el neoliberalismo se encuentra también en tela de juicio. Ya que las ganancias de las empresas, gran parte de las cuales eran antes conservadas por éstas con vistas a la inversión, se pagaron a los acreedores, bajo la forma de intereses, y a los accionistas, bajo la forma de dividendos. Las empresas conservan pues cada vez menos para invertir. Por otra parte, las fronteras comerciales se abrieron ampliamente, especialmente hacia países de la periferia donde los costos de la mano de obra son bajos (China, México, Vietnam...). Una creciente porción de la demanda se dirige así hacia las importaciones, al punto que en Estados Unidos puede hablarse de una “desterritorialización” de la producción.

Así, la necesidad de mantener una demanda que se dirija a la producción en el territorio estadounidense impone una inyección masiva de crédito. Cada año en mayor medida, mientras la demanda se escapa cada vez más hacia el resto del mundo y la producción se encuentra poco sostenida por la inversión. En consecuencia, se requiere mucho más crédito que el que sería necesario en una economía poco abierta y orientada hacia su propio crecimiento. Éste es el núcleo esencial, y es ahí donde se vuelve al punto de partida: la crisis financiera que origina este aumento del crédito. Un camino insostenible continúa por medio de una estimulación siempre renovada, al precio de un creciente endeudamiento, hasta las arenas movedizas del subprime.

Lluvia de dólares

A lo que se suma el papel central del dólar, mundialmente utilizado en las transacciones comerciales y financieras como moneda de reserva, y sobre la cual muchas otras monedas indexan su tipo de cambio. El resto del mundo colabora con bastante entusiasmo. Un enorme flujo de billetes verdes, correspondiente al déficit comercial de Estados Unidos, se derrama por el planeta. Los extranjeros colocan los dólares que recibieron como pago de los bienes que exportan a Estados Unidos. Compran acciones, títulos públicos y privados, bonos del tesoro, etc. Por otra parte, no tienen opción. No existe ninguna forma de absorber estos dólares desde que esta moneda ya no es convertible en oro. Desde luego, un deseo general de deshacerse de estos billetes verdes puede generar la baja de su tipo de cambio y, como reacción, torna necesaria la suba de la tasa de interés en Estados Unidos. Pero desde comienzos de los años 2000, las tasas de interés a largo plazo se mantienen bajas. Así, la economía de Estados Unidos se desliza a lo largo de este camino donde los desequilibrios internos y externos, reales y financieros, se intensifican. Los tenedores de capitales y los estratos más altos de la pirámide salarial (coincidiendo unos y otros) prosperan y se alejan del resto de la población. Pero la parte de la producción manufacturera se reduce, y el país depende cada vez más de la generosidad de los extranjeros. Extraña divergencia entre el enriquecimiento de una minoría y los crecientes desequilibrios de la economía nacional. Extraña concomitancia entre el aumento del consumo de los más favorecidos y el agravamiento del desorden de una economía.

Burbuja tras burbuja

¿Cómo explicar la continuación de este camino durante tantos años? Tras la recesión de 1982 y 1990, la actividad fue, de hecho, sostenida por el milagroso avance de las nuevas tecnologías “de la información”. Primero a paso lento pero de manera particularmente tenaz: un mar de fondo que se acelerará en la segunda mitad de los años ’90: cuatro años de boom bursátil, donde la cotización de los valores tecnológicos se vio disparada a alturas sin precedentes: Nasdaq, el 2 de enero de 1996, 1.053; el 10 de marzo de 2000, 5.132. El capital extranjero acudía, se precipitaba para aprovechar la oportunidad. Pero, después de 2000, al boom le siguió un estrepitoso crack: Nasdaq, el 9 de octubre de 2002, 1.114.

Con el fin del boom de la información llega, en 2001, la recesión que intensifica la crisis bursátil, y es en ese momento que se revelan los efectos perversos de estas largas tendencias. La Reserva Federal entra en escena, y hace su trabajo habitual: la estimulación del crédito. Pero las empresas no financieras no responden al llamado. Si toman préstamos, no es para invertir en el territorio de Estados Unidos sino para entregarse a la pequeña batalla de las fusiones y adquisiciones, o para readquirir sus propias acciones (2). Alan Greenspan reacciona inmediatamente (ver recuadro, pág. 20). Baja de manera espectacular la tasa con la cual su institución refinancia a los bancos. Siempre más baja e incluso negativa en términos reales, es decir, una vez deducida la tasa de inflación.

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El remedio produce finalmente su efecto. ¿Pero a qué precio? El sector financiero, o una parte de ese sector, se precipita en el espacio abierto por la baja de las tasas de interés. Los hogares serán los actores de este sostenimiento de la demanda. Cabe recordar que la formidable expansión del crédito hipotecario sirve, en Estados Unidos, para financiar el consumo (como el pago de los estudios de los hijos, o la atención médica, costosa, en un país donde la protección social es deficiente) y al propio sector inmobiliario. Después de 2000, el consumo, que alcanzó un nivel muy alto, deja de crecer más rápido que la producción total, pero la construcción toma entonces el relevo, en pleno boom a raíz de la suba de los precios del sector inmobiliario. La economía sale así de la recesión.

Esta medalla tiene varias caras: la entrada en escena de un sector financiero poco escrupuloso que precipita a los hogares potencialmente insolventes al endeudamiento; la suba acelerada del déficit del comercio exterior y el correspondiente aumento del financiamiento de este déficit por el resto del mundo; la reducción de las tasas de interés, que fomenta las estrategias más audaces de las empresas financieras.

La coyuntura de salida de la crisis de 2001 puede interpretarse en términos de convergencia de interés entre la política de la Reserva Federal y gran parte del sector financiero privado. En total, tres elementos. Uno, una política de estimulación muy audaz, que se vuelve necesaria por un camino insostenible; dos, una respuesta eficaz a corto plazo, pero también imposible de prolongar, que conducirá a la crisis de las subprime; tres, una enloquecida efervescencia financiera, que prolonga el camino más allá de lo razonable, y que multiplicará las consecuencias de la crisis del crédito hipotecario. La relación entre la crisis y las tendencias de la macroeconomía es pues recíproca. El endeudamiento de hogares insolventes permitió la continuación en Estados Unidos de un camino peligroso, pero al precio del crecimiento de la deuda, a la vez en valor y en proporción al ingreso nacional.

La locura financiera no “causó” la tendencia, ya que este camino es mucho más antiguo y profundo; prolongó su duración. No se trata aquí de “inconsciencia” por parte de las autoridades monetarias, sino de reticencia a salir de las reglas neoliberales, tal como lo reclamaría una corrección del camino. El neoliberalismo no es una cuestión de principios sino de intereses; las reglas esconden pues objetivos mucho más profundos y sagrados que los principios expresados, tal como se comprobará años más tarde.

La dimensión de la crisis sorprende y la urgencia de la intervención es evidente. Ya no estamos en 1929, y “todo” se implementa para sostener al sistema financiero. Primero se abren los grifos de la política monetaria: en total, más de 600.000 millones de dólares, ¡y más en un futuro de ser necesario! Ya que se trata ahora de mantener en estado el sistema financiero que se derrumba. Pero esto no será suficiente; se conmueven: “Lo que comenzó como un deterioro relativamente bien contenido por algunas fracciones del mercado estadounidense de las subprime, degeneró por metástasis en dislocación severa en los mercados más grandes del crédito y el financiamiento, que actualmente amenaza las perspectivas macroeconómicas en Estados Unidos y en el mundo” (3).

A corto plazo, será difícil evitar un incremento del déficit presupuestario, que ya corresponde al 3% de la producción del país. Algo no muy neoliberal. Sobre todo, esta estimulación no remediará el creciente déficit externo. Detrás de este déficit se perfilan no sólo Europa sino cada vez más los “países emergentes”. Teniendo en cuenta las formidables reservas financieras de estos competidores y la caída del dólar, la economía de Estados Unidos se vuelve para ellos atractiva.

Posibles salidas

¿Cómo evitarlo? Puede esperarse una mayor intervención del Estado: rescate del sector financiero o adquisición de créditos dudosos, suba del gasto público, nueva regulación de las finanzas estadounidenses (prohibición de ciertas prácticas de crédito a los hogares y de titulización, mayor control de los fondos especulativos). También puede esperarse la implementación de una defensa de las empresas estadounidenses en el exterior y Estados Unidos. Sin embargo, resulta inconcebible que los futuros dirigentes arremetan frontalmente contra el librecambio y la libre circulación de los capitales, esenciales para la dominación de las sociedades transnacionales estadounidenses en el mundo.

Puede vislumbrarse pues una salida solapada y limitada de las reglas neoliberales. Con excepciones en casos puntuales. Una nueva ley sobre las inversiones extranjeras y la seguridad nacional, la Foreign Investment and National Security Act, votada en 2007, otorga al Presidente estadounidense poderes importantes para limitar este tipo de colocaciones en Estados Unidos, en nombre de una definición muy amplia de la seguridad interior. Esta clase de neoliberalismo “remendado” encarna el extraño destino de una potencia hegemónica cuya dominación a largo plazo está en juego.♦


REFERENCIAS

(1) Aproximadamente un 7% del PBI fue ganado por el consumo: 2% sobre la inversión (excepto en la segunda mitad de los años ‘90, el esfuerzo de inversión en Estados Unidos no dejó de disminuir en relación con el PBI), y 5% de importaciones netas adicionales. En 2006, el déficit del comercio exterior alcanzó el 6% del PBI, contra menos del 1% a comienzos de los años ‘80. Los activos (acciones, obligaciones, créditos...) que posee el resto del mundo en Estados Unidos, que alcanzaron el 110% del PBI estadounidense, son más del doble de los activos de la misma naturaleza que poseen los agentes de Estados Unidos en empresas o países del resto del mundo (47% del PBI).

(2) Una misma ganancia distribuida entre menos acciones significa dividendos y cotizaciones en bolsa potencialmente mayores.

(3) Global Stability Report, FMI, abril de 2008.


*ECONOMISTAS Y DIRECTORES DE INVESTIGACIÓN EN EL CENTRE NATIONAL DE LA RECHERCHE SCIENTIFIQUE (CNRS).

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