Una franja de edad víctima de los estereotipos
No es casual que la Cumbre Iberoamericana de Presidentes que se realizará en El Salvador del 29 al 31 de octubre próximo tenga por tema “Juventud y Desarrollo”. La población juvenil de América del Sur es la más numerosa que registra su historia. A la vez, es quizás la franja etaria más vulnerable a la precariedad laboral, los abusos autoritarios y las deficiencias del sistema educativo. El conocimiento de sus reivindicaciones resulta esencial para la construcción y expansión de una sociedad democrática. Una investigación realizada en seis países del subcontinente permite esbozar un retrato de los jóvenes en la actualidad e identificar sus inquietudes, deseos y formas de actuación.
Nunca hubo tantos jóvenes en América del Sur, una composición demográfica que podría perdurar hasta 2015. Por lo tanto, todo proyecto de transformación social en el continente debe prestar especial atención a las necesidades de los jóvenes.
“El joven de hoy es una esponja y al mismo tiempo una fuente”, afirmó un muchacho paraguayo. Esponja porque siente más intensamente el impacto de problemas como el desempleo. Y fuente por la capacidad creativa de encontrar soluciones. De este modo, no es de extrañar que la apuesta por los jóvenes para fortalecer la democracia constituya el pilar de la investigación “Juventud e integración sudamericana” (1), realizada entre marzo y diciembre de 2007.
La investigación analiza seis países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay; países que comparten experiencias históricas, como el reciente ciclo de dictaduras militares y el posterior retorno a la democracia, los procesos de integración regional –como el MERCOSUR, la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN)–, la renovación que atraviesan las sociedades marcadas por el ascenso de gobiernos progresistas, por la mayor participación de los movimientos sociales en la política y, en el caso paraguayo, por el aumento de la oposición al autoritarismo del Partido Colorado, que hacía sesenta años que se encontraba en el poder, y que quedó plasmado en las pasadas elecciones presidenciales.
¿Qué papel desempeña la juventud en estos procesos? ¿Cuáles son las expectativas y demandas de los jóvenes?
Así, se analizaron diecinueve organizaciones juveniles que demandan cambios (véase el recuadro, pág. 38). La intención fue ilustrar cuestiones significativas relacionadas con educación, trabajo, cultura y etnia. También se discutió la articulación del movimiento estudiantil –expresión clásica de las demandas juveniles– con nuevas formas de organización y actuación, como las de jóvenes beneficiarios de planes sociales.
Desempleo y precariedad laboral
La investigación “Trabajo decente y juventud en América Latina”, divulgada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en septiembre de 2007, muestra que la tasa de desempleo de las personas en esa franja etaria asciende a 16%, el triple del índice registrado entre los adultos. Además, dos tercios de los jóvenes empleados están en negro, en condiciones precarias y sin garantías sociales.
El estudio “Juventud e integración sudamericana” confirmó los datos de la OIT: la búsqueda de empleo estable surgió como una de las demandas más relevantes. En Brasil existe fascinación por la credencial de trabajo y previsión social, que es vista como un símbolo de derechos laborales y de vida digna. Es natural que así sea por la historia del país, pero la extrema inestabilidad profesional vivida por esta generación la llevó a idealizar los beneficios representados por el documento. Una foto tomada por el investigador Flavio Conde muestra a unos jóvenes cultivadores de caña de azúcar sosteniendo la credencial en la palma de la mano, hinchada y herida por el esfuerzo de cortar más de diez toneladas de caña por día. Evidencia elocuente de que el trabajo formal no pone fin a todos los problemas graves.
Hubo quejas de los jóvenes con respecto a la discriminación que sufren en el mercado de trabajo en función de la corta edad, del aspecto o del comportamiento. Los potenciales jefes ven el uso de tatuajes y piercings o de ropas y cortes de pelo menos convencionales como indicadores de personas inexpertas o inmaduras. Tales conflictos también se hicieron presentes cuando el tema en cuestión fue la relación de los jóvenes con otros adultos en posiciones de autoridad, como profesores y policías.
Sin embargo, existen sectores del mercado de trabajo que favorecen la inclusión de la juventud. Son actividades que demandan fuerza física y resistencia, tales como cortar caña o realizar trabajos pesados de limpieza. Según una empleada doméstica boliviana, “como el trabajo es pesado, los empleadores tienen preferencia por las jóvenes, que tienen más fuerza. Y también por las chicas sin marido e hijos, que pueden dormir en el lugar de trabajo”.
Debido a su vulnerabilidad social, los jóvenes también aceptan empleos que muchos adultos rechazarían, ocupaciones con horarios inestables o condiciones estresantes. Otro factor que influye en esta aceptación es la idea de que dicha opción no es para siempre, que la actividad sólo se ejercerá mientras el muchacho o la muchacha continúe sus estudios y ahorre dinero para formar una familia o abrir un negocio propio. Una joven brasileña lo deja muy en claro: “Siempre me dijeron que el telemarketing era algo muy básico, para comenzar. Yo decía ‘no quiero eso para mi vida’. Pero recién había terminado el colegio y necesitaba el empleo, yo no quería que mi madre me pagara los estudios. Entonces pensé: ‘voy a intentarlo, aunque sea para tener dinero y poder pagarme los estudios’”.
La valorización del trabajo va más allá de la mera cuestión económica, de tener dinero para pagar los gastos personales, de ayudar a la familia y gozar de mayores oportunidades de consumo y tiempo libre. También existe la expectativa de la autonomía, de insertarse en el mundo de manera independiente. Por eso el trabajo es considerado desde dos puntos de vista: como necesidad –ganar dinero– y como derecho –búsqueda de dignidad–.
En contraste, los jóvenes beneficiarios de planes sociales, por medio de los cuales reciben becas u otras formas de ingreso monetario, no gozan del mismo aprecio. La familia les exige frecuentemente que encuentren un “trabajo de verdad” e incluso se los acusa de que no quieren trabajar y que les gusta estar sin hacer nada.
Frente a la dificultad que tienen los gobiernos de ofrecer soluciones satisfactorias a las demandas de la juventud, muchos jóvenes resolvieron “votar con los pies” y se fueron a otros países en busca de mejores oportunidades. Ello ocurre especialmente en Bolivia, Uruguay y Paraguay, donde varios entrevistados ya habían pasado por la experiencia de viajar al exterior o tenían amigos y parientes en esa situación.
Más allá de la motivación meramente económica, el deseo de conocer el mundo, vivir aventuras y ampliar el horizonte cultural apareció insistentemente en las entrevistas. Es el caso de un joven boliviano que quería ir a Brasil para aprender más sobre música brasileña, de la cual es un apasionado. O el de la joven paraguaya que creía que tendría una vida más libre en Foz de Iguazú que en la comunidad rural donde vivía.
Migrar para escapar de una situación familiar difícil, caracterizada por peleas, violencia doméstica y falta de comunicación entre padres e hijos fue algo citado con frecuencia, en particular entre los campesinos paraguayos, para quienes el padre es también el jefe, y que suelen tener poca participación en las decisiones vinculadas con la producción y la distribución de las ganancias de la cosecha.
Creciente movilización estudiantil
La generación actual está más escolarizada que la de sus padres. Pero los años adicionales de educación no le han asegurado una mejor inserción en el mercado laboral. En el caso de las personas más pobres, el acceso a la escuela aún es un problema, como ocurre con los jóvenes de la ciudad boliviana de El Alto, que luchan por el establecimiento de un curso de profesorado en su municipio. A pesar de que su movilización fue recibida con simpatía por el gobierno, la escasez de recursos impidió una respuesta plena a la reivindicación y las vacantes ofrecidas por las autoridades están por debajo de las necesarias.
Los jóvenes bolivianos también cuestionaron el programa de estudios presentado por el gobierno, que ponía énfasis en la enseñanza técnica, y solicitaron un mayor componente humanístico, como en las escuelas a las que tiene acceso la elite. Irónicamente, la situación en el mercado laboral favorece a los especialistas técnicos, pero el prestigio cultural de las humanidades es más atrayente para las comunidades indígenas a quienes les fue históricamente negado.
En la mayoría de los casos, los jóvenes están en la escuela. Lo que demandan es mejor calidad en la educación. En este sentido, las demandas se concentran en una mejora del contenido educativo, infraestructura de los colegios, horarios de clases y en las relaciones con los profesores. De esta manera, la coordinadora del equipo brasileño, Helena Abramo, sintetizó las expectativas como la búsqueda de “una educación que se ajuste a la vida de los estudiantes y tenga sentido para los mismos”.
Fue en Chile donde la demanda por la educación apareció de forma más intensa, de la mano del movimiento de estudiantes secundarios conocido como “Rebelión de los Pingüinos”. El curioso nombre se debe al hecho de que los uniformes de las escuelas públicas recuerdan la fisonomía de dichas aves. Cerca de 800 mil jóvenes chilenos ocuparon colegios y salieron a las calles a cuestionar el presupuesto de la ley educativa del país, elaborada durante la dictadura de Pinochet, y a reivindicar mejoras en la calidad de la enseñanza, gratuidad en el transporte público, comedores y exención de los altos aranceles que se pagan para rendir el examen de ingreso a la universidad. El impacto fue enorme, como evalúan los propios participantes: “Cuando nos vimos entre la multitud de estudiantes, nos dimos cuenta de que teníamos poder”.
Los “pingüinos” organizaron su movimiento de forma horizontal, criticando a las organizaciones jerárquicas por la distancia entre representantes y representados. Así, adoptaron innovaciones, tales como cargos rotativos y portavoces elegidos para circunstancias muy específicas, como una entrevista a un diario o a una emisora de televisión.
En otras palabras, se trata de una nueva manera de hacer política, que también está presente en otros movimientos estudiantiles, como la movilización por el boleto escolar en Paraguay, donde los estudiantes secundarios se inspiraron en el ejemplo chileno y adoptaron el principio de la rotación de cargos. “No hay líderes ni militantes, somos todos responsables”, sostienen en su discurso. Aunque más allá de la retórica algunas personas terminen por destacarse por su comportamiento y grado de participación.
En Paraguay el movimiento estudiantil estuvo en la línea de frente en los conflictos ocurridos después de la democratización del país, como la resistencia al intento de golpe del general Lino Oviedo y los enfrentamientos callejeros de 1999, cuando el Vicepresidente fue asesinado y se temió una toma autoritaria del poder.
El boleto estudiantil –que, por cierto, es la bandera común de movimientos estudiantiles como los de Salvador, Bahía, que protagonizó la “Revolta do Buzu” en 2003– moviliza a la nueva generación y establece un puente entre escuelas públicas y privadas.
Diversos factores explican la importancia de la cuestión en tantos países: América del Sur se urbanizó más, las ciudades crecieron y más jóvenes están en la escuela. Frecuentemente, las personas estudian lejos de donde viven y no pueden hacer el recorrido a pie. El precio de los boletos diarios puede llegar fácilmente al 10% del ingreso mensual de una familia pobre.
En Salvador los estudiantes pararon la ciudad durante meses. A pesar de los problemas ocasionados a la población, contaron con su apoyo: muchos adultos afirmaron que la “Revolta do Buzu” también defendía sus intereses, pues el desencadenante de la acción fue el aumento del boleto de ómnibus. Según un joven, “no es solamente una lucha de estudiantes. Estoy aquí representando a mis padres”. En los conflictos que se sucedieron con las autoridades, se destacó la presión de los estudiantes sobre los negociadores. Cuando había desacuerdo, los jóvenes volvían a las calles y exigían medidas más cercanas a sus demandas. Un dirigente estudiantil reconoce que “la gente no quería ser liderada. Quería ser agente de su propia historia”.
Identidades juveniles
El tercer bloque de cuestiones relevadas en las entrevistas reúne disputas en torno a la identidad juvenil. ¿Le importa a la juventud ser clasificada como tal en momentos de acción política? ¿Se ven a sí mismos fundamentalmente como jóvenes? ¿O prefieren otro abordaje que, por ejemplo, privilegie la clase social, la profesión o la religión?
La identidad juvenil es relevante, pero en muchos casos perjudica a los propios jóvenes en su relación con personas de otra franja etaria, principalmente cuando hay lucha por el poder. Un ejemplo de ello son los sectores juveniles de las organizaciones partidarias de Uruguay, país con partidos fuertes desde el siglo XIX. Las personas que integran ese segmento afirman que son víctimas de prejuicios. Por ser jóvenes quedan limitados a discutir temas como sexualidad y uso de drogas, dejando a los mayores los asuntos supuestamente de “gente grande”, como la política y la economía. “A los adultos les parece genial que haya jóvenes en el partido, pero les es difícil vernos como individuos independientes”.
A veces el peso de la historia se usa contra los jóvenes. Los uruguayos se quejan de los activistas con más edad que evocan su lucha contra la dictadura militar como argumento de autoridad para imponer decisiones. Sin embargo, la historia también puede ser un espacio de inserción. En Argentina los hijos de los desaparecidos políticos organizaron la asociación Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S.) y contribuyen a la preservación de la memoria histórica del país. Con la realización de escraches en la calle logran que la atención del público se dirija a los ex torturadores.
También quedó claro que la juventud no tiene solamente una manera de hacer política: todo depende de la ideología del partido. Y la división clásica entre derecha e izquierda no siempre vale. Cuestiones como la legalización de la marihuana, por ejemplo, muchas veces extrapolan esa línea divisoria. Entre los jóvenes uruguayos, aquellos que defienden la legalización de la droga consideran que su adversario es el “Uruguay conservador”, incluyendo en esta clasificación a políticos de izquierda.
Enfoques divergentes
La investigación observó la existencia de dos concepciones del sentido común con respecto a la juventud. Una ve al joven como riesgo y problema, más propenso a la irresponsabilidad y a la violencia. La otra lo vincula a la alegría y a la disposición para las fiestas. Los enfoques divergentes, pero no necesariamente excluyentes, tienen una gran influencia sobre cómo los jóvenes se ven a sí mismos y cómo son tratados por organizaciones como escuelas, sindicatos, grupos religiosos, etc.
El desafío que tales instituciones y el Estado deben enfrentar es cómo responder a las demandas juveniles con acciones que tengan en cuenta sus especificidades. Esta sensibilidad fue demostrada por un dirigente laboral del sector de telemarketing: “Esto funciona de manera totalmente diferente a otro sindicato. A veces da la impresión de que es un lío. Pero no es así. Es que todos son espontáneos, se ríen, gritan, escuchan a gran volumen. Nuestros diarios son diferentes, no son tan pesados. Hacemos fiestas para más de mil personas”.
A veces los mismos jóvenes adoptan los estereotipos difundidos por los medios de comunicación o por el sentido común y se caracterizan como una generación apática, cuyo interés principal estaría en el consumo. Sin embargo, la investigación constató ricas manifestaciones de dinamismo, participación y creatividad. En comparación con los del pasado, los movimientos juveniles actuales están más diversificados y menos concentrados en la clase media. Por toda América del Sur jóvenes pobres se están movilizando y trayendo nuevas banderas: músicos del altiplano boliviano con sus letras de hip hop condenando al racismo; campesinos paraguayos reivindicando el acceso a la tierra y modos de producción basados en la agroecología; beneficiarios de planes sociales ampliando sus horizontes y saliendo de la esfera del barrio y de la familia.
Es la primera generación en muchas décadas que creció en democracia, y apostamos a que sus historias de vida estén indisociablemente ligadas al desarrollo de esta preciosa conquista política. Una conquista para ser vivida aquí y ahora, pues, como recuerda un músico boliviano, “ahora soy joven, en el futuro ya voy a ser viejo”. Como esponja y fuente, la juventud necesita que se la mire a la luz de este tiempo acelerado que nos toca vivir, y que no se le exija en función de imágenes y experiencias del pasado, fantasmas de otras generaciones. ♦
REFERENCIAS
(1) “Juventud e integración sudamericana: caracterización de situaciones tipo y organizaciones juveniles”, coordinado por el Instituto Brasileño de Análisis Sociales y Económicos (IBASE) y por el Instituto Pólis, el estudio fue financiado por el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo, corporación pública creada por el Parlamento de Canadá. Movilizó un equipo de cerca de cincuenta personas, en una red compuesta por las siguientes organizaciones no gubernamentales o universidades: Fundación SES en Argentina; Programa de Investigación Estratégica en Bolivia; IBASE e Instituto Pólis en Brasil; Centro de Investigación y Difusión Poblacional de Achupallas (CIDPA) en Chile; Base Investigaciones Sociales en Paraguay; Cotidiano Mujer y Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República en Uruguay.
*PERIODISTA, LICENCIADO EN CIENCIAS POLÍTICAS, INVESTIGADOR DEL IBASE (INSTITUTO BRASILEÑO DE ANÁLISIS SOCIALES Y ECONÓMICOS) Y PROFESOR DEL POSGRADO EN RELACIONES INTERNACIONALES DE LA UNIVERSIDAD CANDIDO MENDES DE RÍO DE JANEIRO.