Arte y escolares adolescentes en la Educación Pública
Quien quiera visitar el espacio conmemorativo al Führer, en Berlín, tendrá dos problemas. Primero, que el memorial está protegido del ojo público. Segundo, que no existe propiamente como tal. Un parque infantil y un estacionamiento evitan que la superficie de la guarida del lobo se convierta en punto de peregrinación neonazi. Tan sólo una placa rescata tímidamente la ubicación del último bunker nazi. A pocos metros de allí, las 2 mil 711 columnas de hormigón del Memorial del Holocausto Judío constatan que la memoria es también un campo de batalla.
En Eichmann en Jerusalén, Arendt compendia su informe por entregas para The New Yorker sobre el proceso a Adolph Eichmann. Allí demuestra que incluso un funcionario que alega sólo haber seguido órdenes es capaz de confesar sus crímenes con tal de escribir su nombre en la Historia. Parafraseando a Jorge Luis Borges, el olvido habría sido la mayor venganza judía.
Porque la construcción de la memoria es un enfrentamiento que se libra palabra por palabra, en forma paralela a las guerras de este mundo. Y es, sobre todo, una lucha cultural, casi libresca. De allí que los documentos del Holocausto hayan sido incinerados. Por eso Stalin no espero a ganar la Guerra Fría para borrar a sus enemigos, literalmente, de las páginas de la historia. Por eso Chile se llevó los libros que aún no devuelve. Por eso, finalmente, era absurdo pensar que el Museo de la Memoria debió posponerse hasta acabar la guerra contra el terrorismo.
El razonamiento debería ser inverso: un Museo de la Memoria es un arma contra el terrorismo, así como un memorial judío es una afrenta al neonazismo. Quizá Mario Vargas Llosa haya recordado en Sartre —un autor que ahora le pesa— la idea de la Historia como un relato tan maleable como una novela.










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