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Los gigantes de la pos-crisis

por Dan Schiller*
Microsoft, Amazon, Apple, Google, Cisco, Intel…
Dan Schiller*

La dimensión global de sus negocios exigía a la banca y a las empresas transnacionales que sus intercambios se operaran de manera casi instantánea y fluida: las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) brindaron la base técnica imprescindible para que eso fuese posible. Hoy, las TIC son un polo de crecimiento de extraordinario dinamismo y la apuesta central del capitalismo para su renovación. Así, jóvenes gigantes sobresalen en el panorama de la pos-crisis mundial: se llaman Google, Cisco o Amazon, pero también China Mobile, y están revolucionando el orden económico. Los avances informáticos amenazan la existencia de actividades como la telefonía tradicional, o de aparatos como la televisión. En este escenario, Estados Unidos sigue conservando un papel protagónico.

En 2008, poco antes de aceptar del gobierno de Estados Unidos una ayuda excepcional de 45.000 millones de dólares, el banco Citigroup empleaba a 25.000 programadores y declaraba una inversión de 4.900 millones de dólares en las tecnologías de la información, sin contar los gastos operativos. Por su parte, el banco Lehman Brothers, antes de su derrumbe en septiembre de 2008, aprovechaba 3.000 programas de software hospedados en 25.000 servidores distribuidos por varios continentes. Cuando estalla la crisis financiera, en un rincón oscuro de los sistemas de mercados, la red está establecida, lista para propagar su impacto mortal hacia la periferia (1).

Pero al día de hoy permanece en gran medida ignorado el papel que la industria informática jugó en la eclosión del cataclismo de 2008. Tanto como los orígenes de la relación entre las esferas de la comunicación y de las finanzas. Fue para yugular otra crisis económica, la de principios de la década de 1970, que las clases dirigentes se apropiaron de los nuevos sistemas de cálculo y comunicación, como herramienta de “reparación espacio-temporal” (2), según la expresión de David Harvey. Ante todo había que restablecer los beneficios, canalizando los capitales hacia un sector capaz de generar un fuerte crecimiento. Inversiones masivas irrigan entonces las tecnologías de la información y la comunicación (conocidas bajo el acrónimo TIC), y la idea de una transición sonriente hacia una nueva edad de oro, bautizada “sociedad de la información”, ancla en el sentido común.

Si bien en principio no era función propia de la banca invertir en informática, este sector adquirió el valor de inversión estratégica a raíz del crecimiento sostenido de las inversiones trasnacionales. Las grandes empresas comenzaron a colocar su dinero fuera de las fronteras de su mercado interno, comprando fábricas, oficinas, minas y plantaciones en todas las latitudes (3), y este movimiento de conquista confirió un papel protagónico a la industria de la comunicación y la información.

Para restructurar la producción y fluidificar la marcha de sus negocios ya globales, las multinacionales se informatizaron, reconfigurando de continuo sus sistemas de redes, a fin de ajustarlos a las modificaciones de su estrategia, política comercial y acceso a los mercados. Desde fines de la década de 1980, las TIC y los programas de informática representan no menos de la mitad de las inversiones realizadas por las multinacionales. Las sumas en juego son astronómicas: sólo durante el año 2008, el sector privado y los gobiernos gastaron en conjunto 1 billón 750.000 millones de dólares en informática en general (4).

Unos suben, otros bajan

Al mismo tiempo que la comunicación y la información se convertían en las dos tetas del crecimiento capitalista, ciertas lógicas lograron que ramas enteras de actividad casi desaparecieran. El programa Skype, que permite intercambios telefónicos gratuitos por internet, declara no menos de cuatrocientos millones de usuarios para 2009 (5). En apenas cinco años, este recién llegado se impuso en la tabla de los grandes como el primer proveedor mundial de comunicación transfronteriza. Al igual que otros operadores de VOIP (“voz por internet”), Skype ejerce una presión competitiva que modifica las prácticas de los usuarios –que ya no tienen mayor interés en realizar llamadas desde su teléfono fijo–. Su influjo aceleró la explosión de los accesos de alto rendimiento y de la telefonía móvil, al tiempo que incrementó la oferta de servicios de internet para empresas.

Las conexiones baratas producen una recentralización parcial de la informática y el software. El modelo de la computadora personal, predominante a partir de la década de 1980, completamente equipada y con funcionamiento autónomo, fuera de línea, queda obsoleto. Progresivamente, los datos (correo electrónico, fotos personales, datos de empresa, etc.) son almacenados en granjas de servidores pertenecientes a grandes operadores: es “la informática en las nubes” (6).

La misma telefonía móvil pone en riesgo los mercados de las computadoras y la televisión. Hay en el planeta alrededor de 4.500 millones de teléfonos celulares cuyas últimas generaciones empiezan a funcionar como pantallas multimedia. En los nueve meses siguientes a la comercialización del primer teléfono de Apple, ya se habían desarrollado unos veinticinco mil programas para ese aparato (cien mil al día de hoy, con la conquista de China y Corea del Sur por el nuevo producto faro de Apple), que produjeron 800 millones de descargas.

Al mismo tiempo, Amazon, Apple y Google derribaron las barreras que protegían los carteles de la música, el libro, el videojuego y el cine (7). Textos digitalizados, servicios audiovisuales a demanda y novedades tecnológicas jalonan este campo de batalla. En tanto el mercado del disco compacto se derrumba, los cuatro gigantes que se dividían la parte del león de la industria discográfica se ven obligados a ceder una porción de sus ganancias a Apple. Sucede otro tanto con la media docena de multinacionales del cine que pierden terreno frente a YouTube, embudo de videos de Google. Por su parte la televisión, vapuleada por la reducción de su facturación publicitaria, se fragmenta en cientos de canales por cable y satélite, programas para teléfonos móviles y portales de difusión en internet, del tipo Hulu, BBC iPlayer o YouTube.

¿Esto parece caótico? Lo es. Una mutación de gran magnitud se está produciendo ante nuestros ojos. Sea por sus contenidos o por su poder de ataque, una nueva industria emergerá de este tumulto, en unas condiciones que nada tendrán que ver con el viejo esquema de la renovación cultural impulsada por las audacias de una vanguardia. En las revoluciones sociales de 1789, 1917 y 1949, fuerzas sociales poderosas actuaban para transformar las modalidades de la cultura. En la actualidad, las prácticas culturales se definen a escala mundial bajo la exclusiva égida del capital. Las tentativas de contrarrestar esta hegemonía siguen siendo al día de hoy políticamente insignificantes.

En tanto las tecnologías de la comunicación parecen concentrar todas las expectativas de cambio, el trabajo asalariado y la ley del mercado penetran cada vez más hondo en el tejido social y cultural. Internet constituye el medio más vigoroso de difusión de sus modos de relacionamiento social de que dispone el capitalismo. De ahí que el control de la web sea tan encarnizadamente disputado.

Dentro de este escenario, Estados Unidos ocupa un lugar preponderante. Es cierto que la administración de Barack Obama aceptó recientemente la creación de un Comité de Vigilancia Internacional, que detentaría un derecho de observación de la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (ICANN), organismo estadounidense de gestión de internet y de los nombres de los dominios (8). Pero sería ingenuo extraer la conclusión de que Washington ha renunciado a su poder sobre esta herramienta crucial. Un curioso Areópago compuesto por el ejército, agencias federales, una organización no gubernamental y algunas compañías privadas tomó las últimas decisiones de Estados Unidos en materia de gestión de nombres de dominios.

Indudablemente la autoridad de estos últimos no es para nada sólo simbólica: Cisco provee al mundo entero de routers de red (aparatos de interconexión de las redes informáticas); Google reina sobre los motores de búsqueda y el video en línea; Facebook reivindica trescientos millones de miembros activos y Apple produce los programas de software más apreciados por las elites. Por no mencionar a Microsoft, emperador de los sistemas operativos, ni a Intel, líder mundial de los semiconductores.
De las 25 firmas que dominaban el mercado del software y de internet en 2005, 19 eran estadounidenses (9). Cuando se trata de acaparar las armas de la ciberguerra, la primera potencia mundial no escatima medios: más de la mitad de los satélites en actividad llevan los colores de Estados Unidos (10). Pero las compañías estadounidenses no se conforman con dirigir la oferta: también comandan el mercado de la demanda. Pesos pesados como Wal-Mart o General Electric son también enormes consumidores de sistemas y aplicaciones de internet: sus necesidades son órdenes, y determinan así los estándares que se aplicarán acto seguido al resto del mundo.

El “Presidente Silicon”

Vale decir que hay pocas probabilidades de que Estados Unidos abandone su hegemonía sobre un sector tan vital para su poder económico. Si observamos, por ejemplo, la lista de las 250 empresas mejor cotizadas en el mercado mundial de las TIC, constatamos que “las compañías estadounidenses son menos numerosas en 2006 que unos años antes”, mientras China, India, Taiwán, Corea del Sur y Singapur, pero también Brasil, Sudáfrica, Rusia o Egipto ocupan allí un lugar cada vez más importante (11). Considerables volúmenes de capitales no estadounidenses se acumularon estos últimos años en Europa, Asia y otras partes: Samsung, Nokia, Nintendo, Huawei, Tata, SAP, Telefónica, DoCoMo, America Movil, Vodafone o China Mobile. Al mismo tiempo, es cada vez mayor el flujo de inversiones que se vierte a la red, procedente de países del sur como México, India o China.

Sin embargo, las autoridades estadounidenses no se dan por vencidas. Lejos de decrecer, la influencia de la industria de las comunicaciones sigue teniendo un peso cada vez mayor en la política de Estados Unidos. No es casual que Obama, el “Presidente Silicon”, como lo llama el sociólogo Mike Davis (12), consiguiera, incluso antes de ser electo, el apoyo en bloque de los directivos de Google, IBM y el Consejo de la Industria de las Tecnologías de la Información (ITIC), organización patronal que reúne a todos los pesos pesados del sector. Las recomendaciones de ese lobby inspiraron ampliamente el plan de reactivación de la economía del nuevo gobierno: subvenciones masivas al desarrollo de alto rendimiento, informatización de los programas de salud, ampliación de las prerrogativas de los industriales de la comunicación... Tras la adopción de ese plan en febrero de 2009, el presidente de ITIC, Dean Garfield, apenas lograba disimular su satisfacción: “Es bueno hacerse entender” (13).

Pero no es seguro que eso baste para saciar a los mecenas de Obama. “¿Cuál será el próximo motor del crecimiento mundial?”, se preguntaba Dominique Strauss-Kahn, director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), en septiembre de 2009, antes de admitir que la respuesta a esa pregunta “no era fácil”. ¿Siguen detentando la informática y la comunicación el mismo potencial de reactivación del capitalismo que hace treinta años?

Pese a los redobles de tambores que anuncian una pronta recuperación, gran parte de los establecimientos financieros siguen viviendo a expensas del Estado. El gobierno estadounidense posee una minoría de bloqueo en dos terceras partes de la industria automotriz, mientras el empleo y el consumo languidecen. La crisis corroe la economía, aunque de manera desigual. Si bien las ganancias de las multinacionales volvieron a tender al alza (14), los sectores del automóvil, la banca, la agricultura, la metalurgia y la electrónica siguen debilitados.

¿Qué pasa con las tecnologías de la información y la comunicación? Al convertirse en el eje central del sistema capitalista, este sector se hizo vulnerable a la crisis. Durante la primera mitad del año 2009, los gastos mundiales por publicidad –alrededor de 500.000 millones de dólares– bajaron más del 10% en muchos países desarrollados (15). En las semanas de octubre a diciembre de 2008, el derrumbe de los mercados no dejó a salvo a las TIC, aunque el impacto de la crisis se sintiera de muy diversa manera. Algunas sociedades continuaron insólitamente prósperas, como Cisco, cuyas reservas líquidas acumuladas alcanzaron los 20.000 millones de dólares a principios de 2009, o también Microsoft (19.000 millones de dólares), Google (16.000 millones), Intel (10.000 millones), Dell (6.000 millones), y sobre todo, Apple (26.000 millones de dólares).

Estas empresas integran el pelotón de avanzada de las multinacionales estadounidenses más ricas, aunque sin duda, hoy por hoy, el único operador de telefonía móvil que embolsa fortunas –con una ganancia de 18.000 millones de dólares a principios de 2009– se llama China Mobile. Tal abundancia de liquidez requiere unos márgenes de maniobra a los que no tienen acceso los capitales colocados en merc-ados menos rentables o sectores de actividad menos codiciados. A fines de 2009, a los gigantes de las tecnologías de la comunicación les fue muy bien. Las previsiones según las cuales “parte de sus ganancias servirá para comprar a competidores” (16) ya se están confirmando.

Porque este sector aún está lejos de agotar su potencial de inversiones y rendimiento. Pese a ser el año emblemático de la crisis, en 2008 el gasto en multimedia aumentó 2,3% en Estados Unidos (a 882.600 millones de dólares). Según algunos observadores, la industria de las TIC debería ser uno de los tres sectores económicos que experimenten el mayor crecimiento en los próximos cinco años (17).
La recesión tampoco enfrió el ardor de los internautas. Tal vez incluso lo encendió, si pensamos que el tráfico en la red continúa disparado: 55% de aumento en 2008, y otro 74% en 2009, según las últimas estimaciones (18). Las innovaciones en materia de programas y sistemas operativos brindan a las multinacionales la posibilidad de fortalecer su influencia sobre un vasto abanico de prácticas socioculturales (desde la educación hasta las biotecnologías agrícolas) y de impulsar una nueva carrera por las ganancias en otros sectores, como la medicina o la energía.

¿Debemos celebrar que las tecnologías de la información y la comunicación sigan siendo un polo de crecimiento? En el fondo, el capitalismo digital –como sus predecesores– se desarrolla a través de períodos de crisis. Que generan, al mismo tiempo, una distribución desigual de la carga social, nuevos modos de dominación y, muy felizmente, nuevas posibilidades de reconstrucción y resistencia. ♦

REFERENCIAS

(1) Fuentes de este párrafo: The Financial Times, Londres, 22-5-09 y 28-1-09; Fondo Monetario Internacional, “Informe sobre las perspectivas de la economía mundial”, abril de 2009, Capítulo 4: “La transmisión de las tensiones financieras de los países avanzados a los países emergentes: cómo agravan la situación las relaciones financieras y comerciales”.

(2) David Harvey, The New Imperialism, Oxford University Press, 2003, págs. 87-88.

(3) En 2007, la parte de las inversiones extranjeras representaba alrededor del 25% de los beneficios declarados por las empresas estadounidenses, contra 5% en los años 60. Véase The Wall Street Journal, 9-8-07.

(4) The New York Times, 15-11-08.

(5) The Wall Street Journal, 23-3-09.

(6) Véase Hervé Le Crosnier, “Estrategias industriales y periodismo del futuro “, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2008.

(7) Véase Robert Darnton, “La bibliothèque universelle, de Voltaire à Google”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2009.

(8) Véase Bobbie Johnson, “US relinquishes control of the internet”, www.guardian.co.uk, 1-10-09, e Ignacio Ramonet, “Controlar internet”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2005.

(9) Véase Catherine L. Mann y Jacob Funk Kirkegaard, Accelerating The Globalization of America: The Role for Information Technology, Institute for International Economics, Washington DC, 2006.

(10) “Junk in space”, The Financial Times, 13-2-09.

(11) “Perspectives des technologies de l’information de l’OCDE 2008”; www.sourceoecd.org

(12) Mike Davis, “Obama At Manassas”, New Left Review, N° 56, Londres, marzo/abril de 2009.

(13) Charlie Savage y David D. Kirkpatrick, “Technology’s Fingerprints on the Stimulus Package”, The New York Times, 11-2-09.

(14) Hal Weitzman, Jonathan Birchall et Michael Mackenzie, “Upbeat start to earnings season”, The Financial Times, 21-10-09.

(15) The New York Times, 2-9-09.

(16) Steve Lohr, “The Tech Sector Trumpets Signs of a Real Rebound”, The New York Times, 16-10-09.

(17) The New York Times, 4-8-09.

(18) “What Recession? Internet Traffic Surges In 2009”, Telegeography Feed, Washington, 15-9-09.


*Profesor de comunicación en la Universidad Urbana-Champaign (Illinois), autor de How to think about information, University of Illinois Press, Chicago, 2006.

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