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Los nuevos talibanes

por Syed Saleem Shahzad*
De Cachemira a Afganistán
Syed Saleem Shahzad*

Un cambio radical, del que no parecen haber tomado nota las potencias occidentales, se ha producido tanto en la integración y dirección militar de las fuerzas que resisten la ocupación de Afganistán por las tropas de la OTAN como en la estrategia de lucha que desarrollan.
Estos neotalibanes, entrenados en buena parte por ex oficiales paquistaníes, despliegan una potencia de combate antes desconocida.

A partir de 2003, la guerra del poder paquistaní contra las organizaciones activas en el territorio de la Cachemira india provocó la evacuación de los campos de militantes instalados en la Cachemira paquistaní. Estos combatientes fueron emigrando progresivamente hacia las zonas tribales de Waziristán del Norte y del Sur, cerca de la frontera afgana. Formados en los años ’90 en las técnicas más modernas de la guerrilla urbana por la célula “india” del Inter-Service Intelligence (ISI) –los servicios secretos paquistaníes–, estaban bajo las órdenes de un pequeño grupo de oficiales que, tras el cambio de rumbo del presidente Pervez Musharraf y su alineamiento con la política de Washington después del 11 de septiembre de 2001, habían abandonado el ejército.

Esta migración produjo una transformación decisiva en la estrategia guerrillera de las tribus afganas que luchan contra la ocupación de su país. La transformó en una doctrina militar sofisticada inspirada en la estrategia de los “tres pasos” del general vietnamita Vo Nguyen Giap, vencedor de la batalla de Dien Bien Phu (1954) contra los franceses y de la guerra contra Estados Unidos: un ataque masivo en la primavera de 2008, seguido de una serie de ataques aislados dirigidos a puestos de seguridad y soldados enemigos; y la extensión de la insurrección a los centros urbanos y a la capital.

Esta revisión estratégica se ve acompañada por el surgimiento de una alianza compuesta por militantes provenientes de los países árabes y de Asia Central y la organización paquistaní Tehrik-e-Taliban, dirigida por Baitullah Mehsud y por un veterano de las luchas contra las fuerzas indias, Maulana (1) Ilyas Kashmiri. Juntos elaboraron una estrategia militar para toda la región afgano-paquistaní, pero también destinada a extenderse a la India.

Después del 11 de septiembre, todos los grupos islamitas del sur de Asia sufrieron dificultades, especialmente a causa de la creciente represión exigida a los gobiernos por Washington. Las fuerzas militantes se agruparon entonces en el frente de Afganistán para combatir la ocupación occidental. Debieron pasar algunos años para que esta estrategia madurara. Los militantes hoy hablan de “la batalla del fin de los tiempos”, en alusión a un hadith (2) del profeta Mahoma que anunciaba una guerra en Jorasán (territorio que abarca el Afganistán actual, las zonas tribales de Pakistán y parte de Irán). De allí, con una mirada escatológica del fin del mundo, los voluntarios deberían partir hacia Medio Oriente para apoyar la lucha del Mahdi (el buen guía, o el Mesías) contra las “fuerzas del Anticristo” en Palestina.
Motivo suficiente para incitar a los musulmanes, en todas partes del mundo, pero sobre todo en Turquía y Asia Central, a reunirse en las zonas tribales para participar del combate en Afganistán, lo que es visto como un preludio a la liberación de Palestina y al triunfo del islam y la justicia en la Tierra.

Llegan los jefes

A partir de 2001, varios acontecimientos en el sur de Asia contribuyeron a preparar la ofensiva de los talibanes en la primavera de 2008. Un poco por casualidad, personalidades provenientes de diferentes lugares se encontraron en la frontera paquistano-afgana. Su estrategia transformó una insurrección de baja intensidad en una verdadera guerra, sin punto de comparación con lo que sucedía hasta entonces.

Primero se produjo la llegada del Maulana Ilyas Kashmiri, jefe del Harakat ul-Jihad-e-Islamí. Héroe de la lucha armada en Cachemira, estuvo dos años en una prisión india. Durante la ola de represión de enero de 2004, fue detenido por las fuerzas de seguridad paquistaníes debido a sus supuestos lazos con los kamikazes que habían estrellado sus vehículos repletos de explosivos contra la caravana del presidente Pervez Musharraf, el 25 de diciembre de 2003.

Si bien fue excarcelado a los treinta días, libre de toda sospecha, siguió sintiéndose profundamente herido. Tras abandonar la lucha por la liberación de Cachemira, viajó con toda su familia a instalarse en Waziristán del Norte. Su partida fue recibida por los militantes de los campos cachemires como una verdadera fatwa que les ordenaba abandonar esta provincia para enfrentarse a las tropas de la OTAN. Cientos de jihadistas paquistaníes establecieron así, en la región de Razmak, un pequeño campo de entrenamiento.

Luego, la llegada del comandante Abdul Jabbar, jefe de la organización proscripta Jaish-e-Muhammad, que luchaba también en Cachemira. Detenido en reiteradas oportunidades después del 11 de septiembre de 2001, terminó estableciéndose en un campo de entrenamiento con vistas al combate en Afganistán.

Finalmente, oficiales que, a fines de los años 1990 y hasta 2001 habían sido asignados por el ejército paquistaní para entrenar a los militantes cachemires. Algunos renunciaron para viajar a Waziristán del Norte. La migración se aceleró a partir de 2005. A mediados de 2007, estos “jihadistas trasladados” de Cachemira habían creado una importante red en Waziristán del Norte.

Estos nuevos campos se volvieron rápidamente populares para los militantes extranjeros (especialmente chechenos, uzbecos y turkmenos) y los señores de la guerra de las tribus locales. Ideólogos árabes se agruparon allí, ya que la mayoría de los aprendices jihadistas no sólo eran musulmanes practicantes, sino que tenían opiniones muy cerradas sobre el islam, la revolución islámica y el restablecimiento del califato (3).

Se asistió entonces a la formación de círculos de estudios ideológicos dirigidos, en un comienzo, por pensadores árabes como el jeque Essa o Abu Yahva al-Libbi (4). Pronto, jefes guerreros comenzaron a participar de las discusiones, y poco a poco surgió un cenáculo en cuyo seno se encuentran comandantes como Baitullah Mehsud o Sirrajudin Haqqani –uno de los dirigentes de los mujaidines durante la lucha contra los soviéticos–, ideólogos árabes de Al-Qaeda y veteranos de Cachemira. Así, en menos de dos años, nació una poderosa rama paquistaní que reivindica a Al-Qaeda y que logró revolucionar la estrategia de la resistencia afgana bajo la dirección de los talibanes.

Consecuencia de esta mezcla heteróclita: se inculca la ideología de Al-Qaeda a los tránsfugas del movimiento de liberación de Cachemira, al mismo tiempo que se transmite la experiencia militar adquirida en el ejército paquistaní a los talibanes. A partir de ese momento, el teatro de operaciones estuvo en manos de quienes podrían llamarse los “neotalibanes”.

Nueva estrategia guerrillera

Entre 2006 y 2007, un nuevo tipo de combatiente, bien entrenado y ultrarradical, se esparció a través de toda la zona tribal. Waziristán del Norte y del Sur fueron siempre los principales bastiones de los militantes; pero, en una región tribal como Mohmand, donde los talibanes eran prácticamente desconocidos antes de 2006, su número habría alcanzado los dieciocho mil a fines de 2007. En el distrito vecino de Bajaur, son más de veinticinco mil.

El comando de la OTAN en Afganistán no parece haber tomado conciencia de la dimensión de estos cambios. Sin embargo, el 14 de enero de 2008, los neotalibanes daban una primera demostración de sus nuevas capacidades. Miembros de la red Haqqani asaltaron entonces el hotel Serena en Kabul. Al igual que los militantes de Cachemira, que acostumbraban a infiltrarse en el sistema de seguridad indio para perpetrar sus atentados, guerrilleros afganos vestidos de policías organizaron su ataque con la complicidad de agentes de seguridad local, y asesinaron a algunos occidentales. Este esquema se repitió con frecuencia a lo largo del año, especialmente durante el intento de asesinato del presidente afgano Hamid Karzai, el 27 de abril de 2008.
El audaz escape de más de cuatrocientos talibanes de la prisión de Kandahar, en junio, es otro ejemplo de los nuevos métodos de entrenamiento y guerrilla transmitidos por los instructores provenientes de Cachemira o del ejército paquistaní.

Pero sólo se trata de operaciones menores. La principal estrategia fue aplicada en otro terreno, en la provincia afgana de Kandahar y en la zona de Jyber en Pakistán, por donde transita el 80% de las provisiones de la OTAN. Los talibanes se instalaron allí muy discretamente. A partir de febrero de 2008, los convoyes de la OTAN fueron blanco de ataques muy organizados. Estos asaltos estuvieron tan bien planificados y fueron tan eficaces que la OTAN se vio obligada a firmar en Bucarest, el 4 de abril de 2008, un acuerdo con Rusia que autoriza el tránsito de materiales no militares a través de su territorio. Pero este itinerario corre el riesgo de afectar seriamente el presupuesto de las fuerzas occidentales.

“Cortar las líneas de abastecimiento de la OTAN a partir de Pakistán es un componente importante de nuestra estrategia. Si se aplica correctamente en 2008, esto conducirá al retiro de las tropas de la OTAN en 2009, aunque tal vez necesitemos un año más”, estima, manteniendo su anonimato, un alto responsable de los talibanes. Esta estrategia lleva a estos últimos a operar muy lejos de sus bases, en el puerto de Karachi y en las extensas líneas de abastecimiento que unen a esta ciudad con Kandahar y Kabul. El 9 de mayo de 2008, el responsable paquistaní del transporte de petróleo de Karachi a Afganistán fue secuestrado, y aún se desconoce su paradero. En agosto, un grupo de treinta y cinco talibanes atacó un convoy que transportaba armas en el preciso momento en que abandonaba Karachi, lo que demuestra la calidad de sus informaciones. Un responsable occidental de asuntos de seguridad explicó que en algunas bases militares del sur de Afganistán faltaba de todo, y que debieron “interrumpir todos los movimientos y todas las ofensivas porque no tenían combustible” (5).

Washington y la OTAN subestimaron ampliamente esta nueva estrategia, así como las alianzas ideológicas y estratégicas que dieron origen a los neotalibanes. Sin embargo, la coalición occidental comprobó el reinicio de actividades en los campos de Al-Qaeda situados en las zonas tribales paquistaníes. A partir de enero de 2007, oficiales estadounidenses solicitaron a los dirigentes paquistaníes no sólo perseguir militarmente a los talibanes sino destruir sus apoyos logísticos, como la Mezquita Roja (Lal Masjid) de Islamabad, en la que estudiaban siete mil hombres y mujeres, y cuya administración había públicamente adherido a Al-Qaeda y a los talibanes. Figuraban también en la lista de objetivos el Tehrik-e-Nifaz-e-Shariat-e-Muhammadi (Movimiento por la implementación de la ley sharia de Mahoma), que opera en el valle de Swat y en las zonas tribales linderas, en la provincia de la Frontera Noroeste, así como los talibanes paquistaníes de Bajuar, de Waziristán del Sur y del Norte, al igual que de Zhob y Chaman, en Baluchistán, provincia del sudoeste paquistaní (6).

Durante sus visitas –al menos siete en seis meses, entre enero y junio de 2007–, los emisarios de Washington insistieron en que Islamabad implementara un conjunto de medidas tendientes a sumar a la población a su “guerra contra el terrorismo” y a facilitar las operaciones contra los talibanes. Lograron que Musharraf abandonara su cargo de jefe de las Fuerzas Armadas y se convirtiera en un jefe de Estado civil. También lo incitaron a colaborar con las fuerzas liberales y los partidos laicos, y lo alentaron a formar un gobierno de coalición luego de las elecciones legislativas que estaban previstas para enero de 2008 (y que se postergaron unas semanas, luego del asesinato de Benazir Bhutto). Controlados por este nuevo sistema, los militares paquistaníes podrían finalmente conducir operaciones eficaces contra los militantes radicales.

En el marco de este nuevo acuerdo, Estados Unidos y el Reino Unido sirvieron de mediadores para una reconciliación entre la ex primera ministra Benazir Bhutto y el presidente Musharraf. Acuerdos similares se celebraron con diversos pequeños partidos nacionalistas como el Awami National Party y el Movimiento Muttahida Qaumi, así como también con el partido conservador religioso Jamiat Ulema-e-Islami de Fazlur Rahman. En junio de 2007, todo estaba listo para un enfrentamiento mayor con los talibanes. Esta estrategia política y militar apuntaba a eliminar de cuajo su ofensiva esperada para la primavera de 2008.

Olas de violencia

La primera etapa de este contraataque fue el asalto perpetrado el 10 de julio de 2007 contra la Mezquita Roja, que provocó enormes pérdidas en ambos bandos. Debía continuar con una operación conjunta estadounidense-paquistaní contra los campos instalados en las zonas tribales desde una base establecida en Peshawar. Un plan detallado de la coordinación entre las fuerzas estadounidenses y paquistaníes, revelado por la prensa en Estados Unidos, preveía destinar cien instructores a unidades cuidadosamente seleccionadas entre los ochenta y cinco mil paramilitares paquistaníes, que debían conformar la vanguardia de la ofensiva.

Pero, rápidamente, a partir del asalto a la Mezquita Roja, los militantes apuntaron sus armas contra el presidente Musharraf y concentraron sus esfuerzos en el ejército paquistaní. Entre julio de 2007 y enero de 2008, sucesivas olas de violencia alteraron seriamente la vida social, política y económica del conjunto del país.
El ataque contra la caravana de Benazir Bhutto en Karachi durante su regreso del exilio, el 18 de octubre de 2007, fue la primera respuesta de los neotalibanes a los proyectos estadounidenses. Benazir Bhutto se salvó milagrosamente de este atentado devastador, que causó más de doscientos muertos y quinientos heridos. Era la única dirigente política del país que apoyó la operación contra la Mezquita Roja y aprobó públicamente la “guerra contra el terrorismo”.

¿Cuántos europeos?

“¿Cuál es la cifra exacta de los combatientes turco-europeos?” Una pregunta que no debe hacérsele a Qari Bilal Ahmadi, comandante del grupo Tora Bora, una nueva unidad pro-talibana con base en las montañas del mismo nombre, quien muestra orgulloso un video en el que se lo ve comandando a militares turcos. Desde 2006, Al-Qaeda se ha vuelto muy influyente en Turquía, de donde provienen decenas de nuevos reclutas. Entre ellos, muchos inmigrantes o hijos de inmigrantes con nacionalidad europea.

Abu Hanifa ronda los cuarenta años. Es una excepción entre los combatientes turcos, generalmente más discretos y reacios a las apariciones mediáticas. Es uno de sus instructores. Antes vivía en Mir Ali, en Waziristán del Norte. Actualmente, se desplaza junto con los combatientes que forma, tanto en el valle de Shawal en Waziristán del Norte como en Waziristán del Sur. Durante una larga y ardua estadía en las montañas, estos turcos aprendieron a fabricar explosivos con materiales de venta libre en todos los mercados. Si bien la mayoría llega a Pakistán en vuelos comerciales, algunos lo hacen desde Irán, acompañados por pasadores.

Según las estimaciones, habría entre trescientos y mil turcos en Waziristán y Afganistán, donde reforzaron la presencia de Al-Qaeda. Muchos participaron en los combates afganos o en operaciones suicidas, como por ejemplo el germano-turco llamado Cuneyt Ciftci, también conocido como Saad Abu Furkan, quien se hizo estallar con una camioneta, el 3 de marzo de 2008, cerca de una base estadounidense, en el distrito de Sabari, provincia de Khost, en Afganistán. Hubo dos muertos entre los soldados de la OTAN, otros dos entre los trabajadores afganos, y seis heridos.

Sin embargo, la mayoría de estos turcos se dirigen a Waziristán, donde reciben una formación, participan brevemente en los combates contra la OTAN en Afganistán, y luego regresan a sus hogares en Europa, ya que la mayoría tiene la doble nacionalidad. En esta etapa del combate, los ideólogos de Al-Qaeda están convencidos de que un atentado similar a los del 11 de septiembre daría un impulso al combate en Irak, así como a la insurrección de los talibanes en Afganistán. En general, según ellos, tendría como efecto levantar la moral de los musulmanes radicales y acelerar el reclutamiento de jihadistas a través del mundo musulmán. Los turcos fueron formados con ese objetivo preciso. Y jóvenes militantes corren el riesgo de ser utilizados como “misiles humanos”. ♦

Su asesinato, ordenado por el comando de Waziristán, el 27 de diciembre de 2007, puso punto final a los proyectos estadounidenses en Pakistán. Se conoce lo que siguió después: elecciones postergadas, suspensión de las operaciones militares contra los talibanes. Éstos, avanzando según un plan muy calculado, lanzaron ataques muy violentos y provocaron semejante caos que el aparato del Estado perdió el control de la situación.

El 18 de febrero de 2008, se celebraron entonces las elecciones legislativas en las que los resultados obtenidos por la Liga Musulmana Paquistaní Nawaz (PML-N) del ex primer ministro conservador superaron todas las expectativas. Ésta fue, en un primer momento, incluida en la coalición gubernamental (7). Para seguir hurgando en la herida, una semana después de estas elecciones, el general Mushtag Beg fue asesinado en un ataque suicida contra la guarnición de Rawalpindi.
Desbaratados los proyectos estadounidenses de acción conjunta con el ejército paquistaní, los neotalibanes intentaban ganar tiempo para poner a punto su ofensiva de la primavera. Aprovecharon la participación de la Liga Musulmana en el gobierno para entablar negociaciones con las fuerzas de seguridad paquistaníes.

La OTAN subestimó el significado de esta táctica, interpretándola como el cese de las operaciones en su contra. Se vio pues sorprendida por la ofensiva que se desarrolló a partir de mayo de 2008. Por primera vez, el número de soldados occidentales asesinados en Afganistán en mayo-junio (70) superó el de Irak (52).

El atentado suicida del 7 de julio de 2008 contra la misión india en Kabul, que arrojó un saldo de cuarenta muertos, muestra el cambio de paradigma en la estrategia talibana: se trata de disuadir a los países de la región, comenzando por India y Pakistán, de apoyar la “guerra contra el terrorismo” dirigida por Estados Unidos. Los ideólogos de la guerra, en Waziristán, contemplan también una estrategia más amplia, que incluye atentados contra los intereses de Estados Unidos en Europa.

Los observadores coinciden en que Pakistán está en el centro de la estrategia de Al-Qaeda y los talibanes. Esta serie de logros en Afganistán oriental permite a estos últimos planificar la próxima etapa. Desde que el número de árabes en las zonas tribales disminuyó a raíz de las migraciones hacia Irak, las muertes y las detenciones de nuevas nacionalidades tomaron el relevo. Su objetivo declarado es expulsar a la coalición occidental de Afganistán e Irak y sentar las bases de un nuevo... frente de liberación de Palestina. Lo que bastaría, estiman, para asegurar el inicio de nuevas batallas, inscriptas en una visión escatológica que reclama deseosa la llegada del “Mahdi del fin de los tiempos”.♦

REFERENCIAS

(1) Título conferido en Asia Central y el subcontinente indio a un religioso respetado.
(2) Los hadith o dichos del Profeta son un elemento importante del islam.
(3) Jean-Pierre Filiu, “Le spectre du califat hante les Etats-Unis”, Le Monde diplomatique, París, mayo de 2008.
(4) Teólogos radicales, el primero egipcio y el segundo libio.
(5) The Financial Times, 12-8-08.
(6) Syed Saleem Shahzad, “Al-Qaeda contra los talibanes”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2007.
(7) Jean-Luc Racine, “Le plus dur reste à faire”, La Valise diplomatique, 27-2-08.


*DIRECTOR DE LA OFICINA PAQUISTANÍ DE ASIA TIMES ONLINE (HONG KONG).

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