Creciente inquietud frente al avance de Die Linke

La nueva izquierda alemana

por Peter Linden, enviado especial*
Creciente inquietud frente al avance de Die Linke
Peter Linden, enviado especial*

A la victoria inapelable de la coalición de derecha de Silvio Berlusconi y la consecuente derrota de la centro-izquierda en manos de Walter Veltroni en las elecciones del 13 y 14 de abril pasado en Italia, se sumó la marginación de la Izquierda Arco Iris, que ha quedado excluida del Parlamento. En Alemania, en cambio, el panorama es diferente: las fuerzas reunidas por Die Linke (La Izquierda) parecen desestabilizar la tradicional bipolarización de la política. Sin embargo, esta evolución aún es frágil y no está exenta de contradicciones.

Sobre una de las paredes de la oficina de Klaus Lederer cuelga una pintura al óleo de colores un tanto envejecidos: un retrato de Karl Marx. Y, cada vez que el dirigente berlinés del partido Die Linke (La Izquierda) abre su computadora, aparece como fondo de pantalla la foto multicolor de una multitud en manifestación.

Para los alemanes de derechas, este decorado tiene algo que repele: Marx, a quien se creía enterrado desde la reunificación alemana, vuelve a la superficie. En cuanto a las manifestaciones en las calles, que durante las dos décadas posteriores al final de la República Democrática Alemana (RDA) no interesaban a nadie, vuelven a estar de moda. Pero en el ala izquierda de Die Linke este decorado suscita un temor de naturaleza totalmente diferente: que Karl Marx y las manifestaciones pronto no existan más que en los fondos de pantalla de las computadoras y en las paredes de las oficinas de los diputados, y que el precio del creciente éxito del partido sea el abandono de sus ideales socialistas.

Las inquietudes de unos y otros pueden explicarse. Creado el 4 de febrero de 1990 sobre los escombros del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) (1), el ex Partido del Socialismo Democrático (PDS), poderoso en el este de Alemania pero casi inexistente en el Oeste, afirmó de pronto su presencia en todo el territorio. Esto resultó muy sorprendente, ya que su suerte parecía estar echada desde que, en las elecciones de 2002, sólo obtuvo el 4% de los votos, cuando se requiere el 5% para tener representantes en el Bundestag.

Las derechas –comenzando por la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y su filial bávara, la Unión Cristiana Social (CSU)– saludan el fin de los comunistas. La amalgama entre PDS, RDA y dictadura, electoralmente tóxica, provocó desgarramientos internos dentro del partido; algunos hicieron responsables de la derrota al ala comunista del partido, y otros acusaron a los berlineses de Klaus Lederer de ser demasiado pragmáticos.

La ironía de la historia es que fue el gobierno del socialdemócrata Gerhard Schröder el que permitió el ruidoso retorno de Die Linke. Con su “Agenda 2010”, el canciller redujo de tal manera la red de protección social, que en la primavera de 2004 se constituyeron simultáneamente, en la parte occidental del país, dos organizaciones de izquierda: la “Iniciativa trabajo y justicia social”, y la red “Por una alternativa electoral”. Poco después, esos dos grupos se fusionaron con el nombre de “Alternativa electoral por Trabajo y Justicia Social” (en alemán WASG, por Wahlalternative Arbeit & Soziale Gerechtigkeit) (2).

Siempre a pesar suyo, Schröder contribuyó una vez más al auge de esta nueva izquierda, al convocar a elecciones federales anticipadas la misma noche de la derrota sufrida por su partido, el Social Demócrata (SPD), en las elecciones regionales de Renania del Norte-Westfalia el 22 de mayo de 2005. Schröder todavía esperaba poder vencer a sus nuevos competidores de izquierda, ya que el PDS parecía demasiado dogmático y la WASG demasiado falta de organización para que tanto uno como otra superaran en forma separada el fatídico límite del 5%.

Pero ambas formaciones, a priori tan diferentes, emprendieron a marcha forzada un proceso de unión que les permitió, el 18 de septiembre de 2005, bajo la dirección común de Gregor Gysi y Oskar Lafontaine, integrar el Bundestag. En efecto, su nuevo Linkspartei obtuvo el 8,7% de los votos y 54 diputados. Convertido en junio de 2007 en simplemente Die Linke (La Izquierda), el partido entró sucesivamente en los Parlamentos de los Estados de Bremen, Hesse, Baja Sajonia y Hamburgo, logrando así su implantación en el Oeste y su unificación en una formación poderosa, presente en el conjunto del territorio federal.

Debates apasionados

Desde entonces, la inquietud no hace sino crecer. Incluso se oye volver a mencionar, aquí y allá, el Manifiesto Comunista. Un espectro que acosa a Alemania, según la opinión de los editorialistas de los medios de comunicación burgueses. “¿Es realmente peligroso este crecimiento de la izquierda?”, se pregunta un semanario (3), mientras el ministro de Relaciones Exteriores del SPD, Frank Walter Steinmeier, pone en guardia a su partido contra tal deriva (4). Cuando, a mediados de febrero de 2007, una diputada de Die Linke, de Baja Sajonia, expresó en un programa político del principal canal de televisión (5) su comprensión de la Seguridad del Estado (Stasi) de la difunta RDA, la tonalidad de los editoriales subió de tono. Algunos denunciaron una “infiltración comunista” (6) en el nuevo partido, mientras otros le negaron toda competencia política: “Die Linke necesita una renovación, en todo” (7). Gysi, convertido mientras tanto en presidente del grupo parlamentario del Bundestag, se vio obligado a precisar: “No existe un retorno posible a la RDA. Para nosotros no hay retorno a la nacionalización de los medios de producción” (8).

La aprehensión del ala izquierda del partido es más antigua que la de la clase política y mediática. La alianza del PDS con el SPD, en 1998, en la dirección del Estado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental (ex RDA), y luego en 2001 en la ciudad- Estado de Berlín, le planteó al ala izquierda una cuestión de principio: ¿tenemos derecho, en esencia, a gobernar? “La gente tiene miedo de que nuestro partido termine como el Partido Comunista francés en la época de Mitterrand”, comenta por ejemplo Lederer, que preside desde 2005 los destinos del partido en Berlín. Pero agrega enseguida: “¿Qué quieren que hagamos, cuando durante ocho años no hemos hecho otra cosa que criticar y, de un día para otro, estamos en condiciones de participar en el gobierno?”. Y se remite –siempre bajo el retrato de Marx y ante la manifestación en su fondo de pantalla de la computadora– a Rosa Luxemburgo: para la gran comunista alemana, el Parlamento representaba “el terreno que podría permitir a los socialistas llevar a cabo una resistencia sistemática contra la dominación de la burguesía” (9).

Justamente, esta clase de resistencia es la que se discute estas semanas en Berlín. Debates apasionados atraviesan Die Linke acerca de la actitud a adoptar ante las exigencias salariales y las huelgas en la función pública. También sobre la manera en que el partido, asociado al SPD en la gestión de Berlín, debe reaccionar cuando el sindicato de la función pública, después de años de renunciamiento, reclama un 12% de aumento.

A veces se publican en el mismo día dos comunicados de prensa diferentes: en uno, el vocero de asuntos sindicales de la dirección berlinesa del partido reclama la solidaridad con los asalariados en huelga de los transportes públicos; en otro, el vocero de asuntos económicos del grupo parlamentario de Die Linke en el Senado de Berlín exige que se tomen en cuenta tanto el punto de vista de los trabajadores como el del empleador, porque éste –la ciudad de Berlín– debe mantener el rumbo de su programa de recuperación. Lederer reconoce de buen grado este dilema, y comenta: “Mientras no estemos más a la izquierda que los sindicatos, siempre habrá críticas”.

Realistas versus fundamentalistas

Por momentos, la controversia llegó a tener proporciones tales que las figuras del partido, Lafontaine, Gysi y Lothar Bisky debieron publicar una declaración común para recordar a su base los éxitos obtenidos por el gobierno de coalición de Berlín: la implementación, muy resistida, de un gran sector de empleos financiados con fondos públicos; el hecho de que la ciudad sólo permite trabajar a empresas que pagan un salario mínimo de 7,50 euros la hora; la inserción en la Constitución de la posibilidad de realizar referéndums, incluso de iniciativa popular; la gratuidad de los jardines de infantes; la no privatización de la Caja de Ahorro de Berlín, así como de cualquier otra caja pública de previsión. Blandiendo la declaración de sus líderes, Lederer agrega: “Nosotros no actuamos de manera amoral; muy por el contrario, intentamos obtener todo lo que es posible en las condiciones presentes”.

Los debates que agitan a Die Linke recuerdan a los que dividían a los Verdes alemanes en los primeros años de su existencia: una dura lucha entre “realos” y “fundis” (realistas y fundamentalistas) tenía lugar entonces en sus filas. Frieder Otto Wolf, profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad Libre de Berlín y diputado de los Verdes en el Parlamento Europeo de 1984 a 1989, estableció un paralelo entre las acciones de los ecologistas poco después de la creación de su partido en 1980, y las de la nueva izquierda contemporánea. En su opinión, este tipo de “conglomerado de movimientos sociales” se siente “siempre molesto o incómodo” cuando se trata de definir la manera de “traducir sus objetivos en el espacio parlamentario”. Wolf previene: “Ningún partido puede sobrevivir a largo plazo con semejante polarización entre realismo y fundamentalismo. Cuando uno se muestra incapaz de administrar sus contradicciones pierde, a fin de cuentas, en todos los campos”.

Documentando sus dichos, el profesor Wolf enumera las diferencias. Die Linke, explica, es menos caótica que los Verdes, más consciente de la necesidad de establecer alianzas fuertes para salir de posiciones puramente defensivas. Corre menos peligro de que los logros electorales minen su influencia en la población: “En su momento, los Verdes absorbían todo, directa o indirectamente. Hoy en día, señala, tanto Attac como los foros sociales alemanes, europeos y mundiales... todo eso continúa”. Wolf alaba la clarividencia de la nueva izquierda, consciente de que “el brazo parlamentario sólo tiene un alcance limitado” y, desde este punto de vista, rinde homenaje al papel que desempeñó la dirección del partido. Contrariamente a los Verdes de la época anterior, obligados a plegarse a las cuatro voluntades del autócrata Joschka Fischer, Die Linke tiene, en Lafontaine y Gysi, dirigentes flexibles: “Con esos dos allí, los ‘realistas’ y los ‘fundamentalistas’ tendrán dificultades para recomenzar su pelea”, concluye.

Voces críticas

En realidad, los esfuerzos de la dirección bicéfala para integrar a los diferentes componentes del partido comienzan a dar resultados en la base. El proceso de fusión de la WASG y del PDS en el seno del Linkspartei dejó, en definitiva, pocos simpatizantes y militantes de lado. Contrariamente a los partidos establecidos, Die Linke muestra incluso un crecimiento en la cantidad de adherentes, que oscila en torno a los setenta mil. La nueva formación aparece como una estructura de recepción, no sólo para los sindicatos y ex miembros de pequeñas organizaciones comunistas, sino también para los demás refractarios al orden económico neoliberal. A veces sorprende la capacidad de apertura de Die Linke. El secretario parlamentario del grupo en el Bundestag, Ulrico Maurer, escribe que “el programa del movimiento católico de trabajadores para las elecciones del Bundestag de 2005 habría podido ser refrendado por todos los candidatos y candidatas del Linkspartei” (10).

Son escasos los grupos que, como la Alternativa Socialista (Sozialistische Alternative Voran, SAV), de orientación trotskista, se niegan todavía a integrar Die Linke. Lucy Redler, uno de los seis miembros de la dirección nacional de la SAV, deplora antes que nada la ausencia de programa: “Cuando no se conoce el objetivo, se hacen compromisos donde no se debería, y rápidamente uno sólo se preocupa por impedir lo peor, en lugar de romper con la lógica de ganancia del capitalismo”. Contrariamente a Wolf, Redler teme un menor compromiso extraparlamentario: “Mejor que hacer al SPD ofertas de coalición insuficientemente dotadas, como hace poco en Hesse, Die Linke, después de su éxito electoral, haría mejor en participar en las acciones de protesta de los estudiantes contra los derechos de inscripción”.

Los dirigentes de la nueva izquierda entienden estas críticas, pero no las comparten. Helge Meves, un militante experimentado, ex miembro del PDS, que pertenece al “equipo del Oeste” del partido, ayuda principalmente a las secciones regionales del Oeste alemán. Se considera “escéptico hacia un partido con objetivos ideológicos globales, porque eso trae consigo debates que impiden ver lo que realmente podemos cambiar”. Para él, “las cuestiones de estrategia son más importantes que las de programa”, y el hecho de que Die Linke vaya a elaborar una plataforma oficial una vez pasadas las próximas elecciones nacionales de 2009, no le molesta. En su opinión, lo que cuenta en lo inmediato no es ni el futuro lejano ni el pasado más cercano, sino el presente. Y, en primer lugar, la consolidación del partido en el Oeste, ya que, por discutir demasiado sobre la RDA, “le damos el gusto a los medios, y eso es todo”. Como prueba, las expresiones de una diputada sobre la Stasi ya mencionadas, que mientras tanto fue excluida del grupo parlamentario y del partido…

Pero los medios de comunicación ya no se contentan con “tener como objetivo” cualquier referencia a la RDA: el partido tiene ahora un papel demasiado importante como para que se conformen con eso. Por otra parte, el mini escándalo en torno a la diputada de Baja Sajonia fue rápidamente olvidado, dada la enormidad del mega escándalo de miles de millones de euros de fraude fiscal desviados a Lichtenstein por ricos y súper ricos con ayuda de sus acólitos. Combatir a Die Linke con argumentos anticomunistas primarios no basta. “Estoy contra los tabúes”, declaró el alcalde de Berlín Klaus Wowereit, del SPD, a propósito de las relaciones entre su partido y Die Linke (11). La Oficina de Protección de la Constitución había expresado dudas en cuanto a los fundamentos de la vigilancia policial de las actividades del partido cuando, incluso recientemente, parecía plausible que cualquier persona a la izquierda del SPD pudiera ser sospechosa de poner en peligro el orden democrático (12). Paralelamente, en el propio seno de la CDU-CSU (13) se elevan voces críticas contra la política económica neoliberal.

Logros simbólicos

Según las últimas encuestas, Die Linke podría llegar al 14% de los votos. Si esto se confirma, mucho se deberá al compromiso de Lafontaine, que fue ministro-presidente de Sarre de 1985 a 1998, y luego presidente del SPD, candidato oficial del SPD a la Cancillería y ministro de Finanzas, antes de renunciar a su partido en protesta contra la política de Schröder.

Desde julio de 2007, el ex líder socialdemócrata es uno de los presidentes de Die Linke. En tono eufórico esboza: “Nos habíamos prometido fundar un partido capaz de implantarse de manera duradera en toda Alemania y de cambiar la política (...) los dos objetivos se alcanzaron y hemos progresado más rápido de lo previsto”. Apostrofa con pasión a los contestatarios que, dentro del partido, deploran la falta de programa: “¡Pero es que nosotros hacemos una política de lo real! ¡Eso es tener un programa! Cuando exigimos salarios mínimos y queremos impedir la privatización del transporte ferroviario, cuando exigimos el retiro de nuestras tropas de Afganistán, ¡todo eso es un programa!”.

Lafontaine había expuesto su “programa” una semana antes de su elección para la presidencia de Die Linke, en un artículo del Frankfurter Allgemeine Zeitung titulado “La libertad mediante el socialismo”. Allí exigía especialmente que “los sectores económicos ligados a redes y que garantizan la satisfacción de las necesidades elementales de la población, siguieran siendo responsabilidad del poder público” (14). Preconizaba una legislación reforzada sobre carteles, salarios mínimos, el abandono de la Agenda 2010 y el derecho a la huelga general. Terminaba citando al escritor Hermann Hesse: “En el estado actual de las cosas, el socialismo es la única doctrina que ejerce una crítica seria de los fundamentos de nuestra falsa sociedad y (de nuestra) manera de vivir” (15). Lafontaine llegó a invocar al Papa (de origen alemán) Benedicto XVI: “Los déficits humanos de este sistema económico que consolida la dominación de las cosas sobre los hombres tienen nombre: exclusión, explotación y deshumanización” (16). En su oficina del Bundestag, el co-presidente Lafontaine eligió un retrato, pero no el de Karl Marx, sino el del Papa, en un bonito marco dorado…

¿Cuándo tuvo la RFA, en todo caso desde el fin de la era Willy Brandt (1974), un representante que abogue con tanta fuerza por el socialismo? Lafontaine señala que a causa de la política seguida por el nuevo partido, “el SPD está procediendo ya a las primeras correcciones”, y que las cuestiones de actualidad, los proyectos de ley y las enmiendas de Die Linke en el Bundestag no son pura y simplemente presentados en medio de críticas, sino que con frecuencia aparecen, bajo otra forma, en los debates de otros partidos. Es lo que ocurrió con la reivindicación de una cuenta bancaria para todos los ciudadanos; con la propuesta parlamentaria de modificación de la legislación sobre las sociedades anónimas; con la moción por el derecho a la huelga general y con la referida al tema “Alemania necesita salarios mínimos”.

Así como antes los Verdes “ecologizaron” la vida política alemana, Die Linke la ha “resocializado, empujando así la balanza hacia la izquierda”, dice Lafontaine. Estos avances se han prolongado en la semántica pública. Los periódicos han dejado de mencionar a los “socialmente débiles” para volver a hablar de los “pobres”. Ya no se es sospechoso de ser “envidioso” cuando se pide “justicia”. La “solidaridad” ya no es una mala palabra, y ya no se asimila al “socialismo” con el “estalinismo”. A largo plazo estos logros simbólicos serán probablemente más importantes que algún punto porcentual ganado en las negociaciones salariales.

Lothar Bisky, cercano a Lafontaine en la dirección del partido y nuevo presidente electo de la Izquierda Europea, constata que fuera de Alemania la gente comienza a interesarse en el éxito de su partido: “Alemania occidental fue siempre considerada como un territorio donde no había lugar para un partido a la izquierda del SPD”, recuerda. “Y de pronto, ¡henos aquí!” u


REFERENCIAS

(1) Nacido en 1946 de la fusión de los comunistas y socialdemócratas de la “zona de ocupación soviética”, que en 1949 se convertiría en la RDA.
(2) Oliver Nachtwey, “Im Westen nichts Neues”, Die Linkspartei, Wiesbaden, 2007.
(3) Die Zeit, Hamburgo, 31-1-08.
(4) Der Tagesspiegel, Berlín, 4-2-08.
(5) Programa “Panorama”, canal de televisión ARD, 14-2-08.
(6) Die Zeit en línea, 19-2-08.
(7) Financial Times Deutschland, Hamburgo, 18-2-08.
(8) “Panorama”, 14-2-08.
(9) Rosa Luxemburgo, “Die sozialistische Krise in Frankreich (1900)”, Œuvres, Vol. 1 y 2, Berlín, 1979.
(10) Ulrich Maurer, Eiszeit (La era glacial), Munich, 2006.
(11) Süddeutsche Zeitung, Munich, 29-1-08.
(12) Taz, Berlín, 28-1-08.
(13) “Seehofer attackiert Neoliberale in der Union”, Süddeutsche Zeitung, 4-2-08.
(14) “Freiheit durch Sozialismus”, Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), Frankfurt, 9-7-07.
(15) Hermann Hesse, citado en FAZ, 9-7-07.
(16) Citado en FAZ, 9-7-07.



*PERIODISTA INDEPENDIENTE, MUNICH.