Oportunidad y desconcierto

por Carlos Gabetta*
Carlos Gabetta*

Será consciente Cristina Fernández de que si ahora mismo se celebrasen nuevas elecciones, posiblemente las perdería? La asombrosa fragilidad actual de su gobierno es consecuencia de su no menos asombroso giro político respecto de las propuestas electorales que le dieron el triunfo. Cristina pasó de haber inyectado a una mayoría de electores la certeza de que había comprendido las expectativas del conjunto de la sociedad, a la percepción social de que no les dará satisfacción en el gobierno. Hasta hace muy poco, el nivel de confianza de los ciudadanos hacia la Presidenta era mucho más alto que los sufragios que obtuvo, lo que prueba que sus propuestas habían calado incluso en la oposición.

Cristina parece haber olvidado que la percepción general durante el gobierno de Néstor Kirchner era que su estilo y hasta sus errores estaban en buena medida justificados por la gravedad de la crisis. Pero que a finales de ese gobierno había ya nuevas expectativas de cambios importantes, tanto formales como de estructura.

Se atribuye al conflicto con “el campo” (ver páginas 4 a 19) la espectacular crisis de desconfianza que sufre su gobierno, pero éste no ha sido más que un detonante. Unas semanas, unos meses más, y podría haber sido algún tipo de revuelta, de mayor o menor envergadura y gravedad, inducida por la inflación y su impacto en los sectores medios y los de más bajos ingresos. La manipulación de los datos del INDEC sobre la inflación en momentos en que ésta amenaza con desbordarse, expresa algo más que el inicial, torpe intento ante un problema importante; se ha transformado en una política esperpéntica, que nada justifica. La realidad de la inflación, con el freno o el retroceso de las mejoras económicas y sociales que comporta –y cuyos efectos empiezan a notarse– provocarán a mayor o menor plazo conflictos de imprevisible gravedad. Sobre todo si prosiguen los problemas con sectores empresarios y sindicales, o interempresarios e intersindicales, y la situación política y social se descontrola.
El Ministerio de Economía de Néstor Kirchner podía, y quizá hasta necesitaba, estar “pintado”; nada justifica que el de Martín Lousteau lo esté y además lo parezca. El país necesita un plan económico integral de mediano y largo plazo, en el que la inflación resulte sólo una variable importante a considerar; salir cuanto antes de esta economía que se mece feliz en una coyuntura favorable, pero está amenazada por graves peligros. La sociedad espera eso, votó por eso. Incluso quienes votaron a la oposición lo hicieron por eso; sólo creían que otros lo harían mejor.

Durante la campaña electoral, decíamos en esta columna sobre la candidata Cristina Fernández: “Sus proposiciones centrales son dos: la ‘reconstrucción del Estado constitucional democrático’ y un ‘pacto institucional’ entre el capital y el trabajo, arbitrado por el Estado, que definió como un ‘modelo de construcción económica y social (...) de acumulación y de inclusión social (...) contracara de la economía y el modelo de transferencia de recursos y riquezas que operó durante el modelo neoliberal de los años ’90’. La primera proposición es un requisito de la segunda, puesto que sin instituciones realmente democráticas, eficaces y honradas, el Estado no podrá arbitrar eficazmente entre el capital y el trabajo (...)” (1).

Autismo gubernamental

Ateniéndose a sus propuestas electorales, resulta evidente que la Presidenta gobierna de otro modo, en otra dirección. Respecto a la primera de aquéllas, “reconstrucción del Estado constitucional, democrático” (que daba por sentado que en ese momento el Estado no era ni lo uno ni lo otro), el conflicto con los productores agropecuarios ha puesto en evidencia que Cristina Fernández gobierna igual que su predecesor en medio de lo peor de la crisis: en un círculo cerrado (y aun así, contradictorio, enfrentado), desconfiada, paranoica por momentos, como si no distinguiese los cambios que se han producido en la economía, en la sociedad y en el mundo.

La crisis de 2001 ha concluido, o en todo caso está bajo control. Pero eso pone al país ante su profunda crisis estructural, ante la necesidad de resolver viejos problemas que ya no toleran viejas soluciones. Se trata de uno de esos momentos en la historia de un país que llaman a una refundación. Argentina se encuentra entre la oportunidad y el desconcierto. Oportunidad de un lado, por la situación económica interna e internacional, el crecimiento sostenido, los superávits fiscal y comercial y las reservas en divisas; las perspectivas de la integración regional. Desconcierto político del otro, ante la complejidad de los problemas, la nueva estructura social del país y las expectativas ciudadanas.

En el conflicto entre el gobierno y los productores agropecuarios, la desorientación del gobierno y la ineptitud del Estado quedaron de manifiesto. Al tolerar que sindicalistas y piqueteros afines se movilizaran contra el paro agrario, el gobierno renunció a ejercer su autoridad y arriesgó una tragedia. Se sabe que en uno y otro lado hay muchas armas y que en estos casos y en este país, entre el dicho y el hecho no hay mucho trecho. Si las cosas siguen así, la tragedia puede ocurrir en cualquier momento, en cualquier otro conflicto. La Presidenta no tiene derecho a afirmar que “nota un sesgo predemocrático” en la advertencia sobre lucha armada que formuló el dirigente agropecuario Alfredo De Angeli (2), si no lo “notó” en las actuaciones del sindicalista Moyano y el piquetero D’Elía. Si ahora que es Presidenta no “nota” el funcionamiento predemocrático general de la República Argentina que tan bien denunció durante la campaña electoral.

Este conflicto demostró que de la reforma y el papel central del Estado propuesto por la candidata Fernández ni siquiera volvió a hablarse. Uno de los más justificados reclamos de los sectores agropecuarios menos favorecidos es que en el dédalo del Estado se demoran infinitamente o pierden sin más las subvenciones que les corresponden...

En cuanto al prometido “pacto institucional entre el capital y el trabajo, arbitrado por el Estado”, los antecedentes y la manera en que el conflicto agropecuario estalló en las manos del gobierno eximen de todo comentario. Por otra parte, si un Estado eficaz y honrado es requisito de cualquier pacto con el capital y el trabajo, ¿cómo podría siquiera intentarlo un Estado que no funciona?

Ruptura de fidelidades

Conviene reflexionar sobre la idea, tremendista en apariencia, de que Cristina Fernández podría perder hoy unas elecciones. Decíamos también en la columna preelectoral citada: “Políticamente, y aun con buenos resultados, (Cristina Fernández) sólo expresará a poco más de las expectativas de media sociedad, con un alto componente de dubitativos. Por lo tanto, recibirá exigencias inmediatas, tanto de parte de una oposición fuerte como de su propia base social”. Y en el comentario de las proposiciones de su primer discurso como Presidenta: “En otros países, sobre todo en los sistemas parlamentarios (...), gobernar con menos de la mitad de los votos es factible. En Argentina, hacerlo con más de la mitad –a veces con bastante más– ha sido siempre muy difícil. (...) en este largo y consistente período de alternancia democrática que vive el país desde 1983, gobernar –y sobre todo llegar al final– con más del 50% de los votos suele ser imposible (...). Es que gobernar Argentina ya no es –si alguna vez lo fue– un más o menos confortable pasaje administrativo. Significa hacerse cargo de un mandato de resolución de crisis y formulación de alternativas, en un marco de grandes expectativas y necesidades insatisfechas. El elegido debe gobernar además en un esquema institucional corroí¬do por décadas de violaciones; con una clase dirigente –aliados y opositores– que ha participado de esas violaciones y funciona con un estilo que, con piedad, podría llamarse de trasgresión permanente; por último, con un aparato burocrático inextricable, casi siempre corrupto e ineficaz y trufado de capas geológicas de parásitos introducidos por todas las dictaduras y gobiernos democráticos” (3).

Señalábamos al mismo tiempo la saludable reacción de sectores cada vez más importantes y diversos de la sociedad que se “despartidizaron”, abandonaron sus muchas veces irracionales fidelidades y acabaron así con el dominio político de todos los grandes partidos y de la mayoría de los caudillos, como demuestran los procesos electorales del último cuarto de siglo. Poníamos como ejemplo más transparente de este cambio la progresión de los socialistas en Santa Fe, hoy por hoy y desde hace dos décadas, los más perceptivos de la nueva situación.

El “que se vayan todos” de 2001, de¬cía¬mos, “expresó por primera vez la ruptura de la sociedad argentina con las fidelidades personales y aun partidarias. Desde diciembre de 2001, podría decirse que casi ningún argentino tiene partido político”. Señalábamos por fin (y aquí disculpas por la extensa autorreferencia, pero este giro del gobierno la justifica), que “Cristina parece haber llegado en el momento justo en que la disolución de la política tradicional despunta en algo nuevo, que coincide con las aspiraciones de al menos una parte importante de la sociedad y con los vientos que soplan en la región y en el mundo”.

Pero la realidad, la evolución de los hechos, obligan ahora a decir que en el mejor de los casos la Presidenta está desconcertada, actúa de manera espasmódica y no consigue controlar la situación. En pocos meses ha perdido buena parte de la confianza de la sociedad y va camino de aislarse políticamente.

Resulta incomprensible que el Congreso no esté ya analizando proyectos de reforma fiscal, política, de coparticipación federal, etc.; que el gobierno no haya convocado a grupos académicos progresistas –como el “Plan Fénix”, por ejemplo– a especialistas de todos los partidos políticos, de empresas y sindicatos, para elaborar un plan económico de largo aliento, monitoreado por el Ministerio de Economía. Que la sociedad entera no esté debatiendo esas reformas, en lugar de enfrentarse por el modo de repartir la circunstancial abundancia de un sector. Cualquier plan económico progresista serio incluiría las retenciones, pero no dejaría de considerar a ganadores y perdedores de “el campo” e impediría alianzas políticas contra natura.

Si algo así estuviese ocurriendo –y ya que tanto se habla del Bicentenario– el gobierno se encontraría en la cresta de la ola de una verdadera refundación. Pero Cristina Fernández parece haber elegido para gobernar los métodos del peor peronismo, como si tampoco tuviese en cuenta que el peronista es el último de los grandes partidos en disolución y que por esta vía el país puede perder otra oportunidad. u


REFERENCIAS

(1) “Cristina Fernández y el cambio”, Le Monde diplomatique, Buenos Aires, agosto de 2007.
(2) Página/12, Buenos Aires, 23-4-08.
(3) “Semáforo rojo”, Le Monde diplomatique, Buenos Aires, noviembre de 2007.



*DIRECTOR DE LE MONDE DIPLOMATIQUE, EDICIÓN CONO SUR.