Se ha vuelto a tratar en el país acerca de la autoestima nacional. Así como una persona, cualquiera, debiera tener orgullo como sentimiento, un país debe tener autoestima. Una especie de aprecio propio, de deseo de sentirse respetado. Alguien dijo -con razón- que el mayor deseo del ser humano es sentirse amado. Un pueblo lo que quiere es ser y saberse digno, reconocido. Vulnera la autoestima nacional quien ofende a su pueblo, quien no respeta a sus ciudadanos, del mismo modo que afecta a cualquier persona quien la humilla. Volver a tratar el tema, entonces, hace propicia la oportunidad para rememorar algunos acontecimientos internos, recientes, todos atentatorios de la autoestima nacional. Y es que no de otra manera debiéramos recordar a aquél que se dijo peruano siendo japonés; al mismo que ostentando la más alta dignidad nacional y nos representaba oficialmente para todo efecto, abandonó el territorio para renunciar por fax a seguir siendo Jefe de Estado; que contrajo nupcias con una súbdita japonesa (alejándose del Perú) para asegurar la protección del Imperio, y quien, finalmente, se postuló al Congreso en el Japón para intentar huir de la justicia peruana. No obstante todas dichas ofensas, objetivas, acreditadas, indiscutibles, hay quienes todavía pretenden inducirnos a olvidarlas y, peor aun, a invocarnos que las perdonemos.










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