Un poco de perspectiva
En contraposición con la imagen de “buenos contra malos” difundida por diversos medios de comunicación internacionales en sus análisis acerca de las relaciones entre China y Tíbet, el filósofo esloveno elabora un minucioso estudio sobre los puntos ineludibles a la hora de juzgar los acontecimientos recientes.
La cobertura de todos los medios nos impone una cierta imagen, que es la siguiente: la República Popular China, que ocupó Tíbet ilegalmente en 1950, se comprometió durante décadas con la brutal y sistemática destrucción no sólo de la religión tibetana, sino de la propia identidad de los tibetanos como pueblo libre. Las recientes protestas del pueblo tibetano contra la ocupación china han sido duramente reprimidas por la policía y las fuerzas militares. Desde que Pekín está organizando los Juegos Olímpicos de 2008, es deber de todos los que amamos la democracia y la libertad presionar a China para que devuelva a los tibetanos lo que les robó; no puede permitirse que un país con un récord tan lamentable en materia de derechos humanos use el noble espectáculo olímpico para lavar su imagen. ¿Qué harán nuestros gobiernos? ¿Cederán, como de costumbre, al pragmatismo económico, o reunirán la fuerza para anteponer nuestros más elevados valores éticos y políticos a los intereses económicos inmediatos?
Si bien es indudable que la actividad china en Tíbet involucra numerosos actos de terror homicida y destrucción, existen muchos factores que desdibujan esta simple imagen de “buenos contra malos”. Éstos son nueve puntos que cualquiera que emitiese juicio sobre los recientes eventos en Tíbet debería tener en cuenta:
1. Independiente hasta 1950, Tíbet no se convirtió de un día para el otro en un país ocupado por China. La historia de las relaciones entre Tíbet y China es larga y compleja, con este país desempeñando a menudo el rol de un señor protector; basta con mencionar que el Kuomintang anticomunista siempre insistió en la soberanía china sobre Tíbet (incluso el término dalai lama guarda relación con esta interacción: combina el mongol dalai –océano– y el tibetano bla-ma –sabiduría–).
2. Antes de 1950 Tíbet no era Shangri-la (1), sino un país con un régimen feudal extremadamente duro, pobreza (la expectativa de vida apenas superaba los 30 años), corrupción endémica y guerras civiles (la última, entre dos facciones monásticas, tuvo lugar en 1948, cuando el Ejército Rojo ya golpeaba a la puerta). Temiendo por la agitación social y la desintegración, la elite en el poder prohibió todo tipo de desarrollo industrial, al punto de que cada trozo de metal debía importarse de India. Sin embargo, esto no impidió que la elite enviase a sus hijos a escuelas británicas establecidas en ese país, ni que transfiriera activos financieros a los bancos británicos radicados allí.
3. La Revolución Cultural que devastó los monasterios en los años ’60 no era simplemente “importada” por los chinos: en tiempos de la Revolución Cultural, menos de cien Guardias Rojos fueron a Tíbet, por lo cual las turbas de jóvenes que incendiaban los monasterios eran casi exclusivamente tibetanas.
4. Desde principios de la década de 1950, la CIA ha participado sustancial y sistemáticamente en Tíbet en la agitación de los conflictos de este país contra China, razón por la cual los temores de Pekín acerca de intentos externos de desestabilizar Tíbet no son, en modo alguno, “irracionales” (2).
5. Como dan cuenta las imágenes de TV, lo que está sucediendo en regiones de Tíbet ya no son pacíficas protestas “espirituales” de monjes (como la de Birmania un año atrás), sino (también) de bandas que asesinan inmigrantes chinos comunes e incendian sus negocios. Uno debería, entonces, medir las protestas en Tíbet con los mismos parámetros con que mide otras protestas violentas: si los tibetanos pueden atacar a inmigrantes chinos en su propio país, ¿por qué los palestinos no pueden hacer lo mismo con los colonos judíos en Cisjordania?
6. Es un hecho que China ha realizado grandes inversiones en el desarrollo económico de Tíbet, tanto en su infraestructura como en educación y servicios de salud, etc. Para decirlo sin vueltas: a pesar de la opresión innegable, jamás en su historia un tibetano promedio ha disfrutado de un estándar de vida como el actual. La pobreza es hoy definitivamente mayor en las propias provincias occidentales de la subdesarrollada China rural que en Tíbet.
7. En los últimos años China ha cambiado su estrategia en Tíbet: la religión despolitizada es ahora tolerada, incluso apoyada a menudo; más que en la coerción militar absoluta, los chinos confían en la colonización étnica y económica, transformando rápidamente a Lhasa en una versión china del capitalista Lejano Oeste, con bares de karaoke entremezclados con “parques temáticos budistas” para los turistas occidentales. En resumen, lo que disimulan las imágenes mediáticas de brutales soldados y policías chinos aterrorizando a los monjes budistas es la mucho más efectiva transformación socio-económica estilo estadounidense: en una década o dos, los tibetanos estarán reducidos al estatus de los nativos norteamericanos en Estados Unidos. Parece que los comunistas chinos finalmente aprendieron la lección: ¿qué es el poder opresivo de la policía secreta, campamentos militares y Guardias Rojos destruyendo antiguos monumentos, comparado con el poder del capitalismo desenfrenado para minimizar todas las relaciones sociales tradicionales? Los chinos están haciendo lo que Occidente hace e hizo todo el tiempo, como Brasil en el Amazonas o Rusia en Siberia, sin mencionar a Estados Unidos en el Lejano Oeste.
8. Una de las razones principales por la que tanta gente participa en las protestas contra China en Occidente es ideológica: el budismo tibetano, hábilmente propagado por el Dalai Lama, es uno de los principales puntos de referencia del hedonismo espiritualista New Age, que se está transformando velozmente en la forma de ideología predominante actual. Nuestra fascinación por Tíbet lo convierte en una entidad mítica en la cual proyectamos nuestros sueños. Así, cuando la gente llora la pérdida del auténtico modo de vida tibetano, en realidad no está preocupada por los verdaderos tibetanos: lo que quieren de ellos es que sean auténticamente espirituales para nosotros, en lugar de nosotros, para que podamos continuar con nuestro enloquecido juego consumista. El filósofo francés Gilles Deleuze escribió: Si vous êtes pris dans le rêve de l’autre, vous êtes foutu (Si estás atrapado en el sueño de otro, estás perdido). Los opositores a China tienen razón en contraponer al eslogan de los juegos olímpicos de Pekín “Un mundo, un sueño”, otro que dice “Un mundo, muchos sueños”. Pero deberían darse cuenta de que están encarcelando a los tibetanos dentro de su propio sueño, que no es más que uno entre muchos.
9. Y finalmente, la verdadera dimensión ominosa de lo que sucede hoy en China subyace en todas partes. Enfrentados con la explosión actual del capitalismo en China, los analistas a menudo se preguntan cuándo se impondrá la democracia política como el acompañamiento político “natural” del capitalismo.
El “valle de las lágrimas”
Hace dos años, en una entrevista televisiva, Ralf Dahrendorf relacionó la creciente desconfianza en la democracia en los países post-comunistas del Este de Europa con el hecho de que, después de cada cambio revolucionario, el camino a la prosperidad atravesaba un “valle de lágrimas”. Tras el derrumbe del socialismo, no es posible pasar directamente a la abundancia de una exitosa economía de mercado; el limitado, pero real, bienestar socialista y su seguridad han de ser desmantelados, y los primeros pasos son necesariamente penosos; lo mismo aplica a Europa Occidental, donde el pasaje del Estado de Bienestar a la nueva economía global acarrea dolorosos renunciamientos, menos seguridad, menos asistencia social garantizada.
Para Dahrendorf, este penoso pasaje a través del “valle de lágrimas” dura más que el período promedio entre elecciones (democráticas), por lo cual la tentación de postergar los cambios difíciles en favor de las ganancias electorales a corto plazo es grande. Paralelamente, Fareed Zakaria, director de Newsweek International, señaló cómo la democracia sólo puede “prender” en países económicamente desarrollados (3): si los países en desarrollo son “democratizados prematuramente”, el resultado es un populismo que termina en catástrofe económica y en despotismo político. No es extraño que las economías actualmente más exitosas del Tercer Mundo (Taiwán, Corea del Sur, Chile) se hayan abrazado a la democracia completa sólo después de un período de gobiernos autoritarios.
¿No es esta línea de razonamiento el mejor argumento para la vía china al capitalismo como lo opuesto a la vía rusa?
Siguiendo las huellas de Chile y Corea del Sur, China utilizó el poder estatal autoritario para controlar el costo social del pasaje al capitalismo, evitando de esta forma el caos. Sintéticamente, la extraña combinación de capitalismo y régimen comunista, lejos de ser una ridícula anomalía, ha probado ser una bendición (no demasiado) disfrazada: el desarrollo de China ha sido tan veloz no a pesar del régimen comunista autoritario, sino a causa de él. ¿Qué tal si aquellos que se preocupan por la falta de democracia en China se preocuparan verdaderamente por el rápido desarrollo que hace de China la próxima superpotencia del sistema internacional, amenazando la supremacía occidental?
Existe aquí una paradoja aún más profunda: ¿qué pasaría si la prometida segunda etapa democrática que sigue al valle de lágrimas nunca llegara? Esto es, quizá, lo que resulta tan inquietante acerca de la China actual: la sospecha de que su capitalismo autoritario no sea un mero recuerdo de nuestro pasado, la repetición del proceso de acumulación capitalista que, en Europa, transcurrió entre los siglos XVI y XVIII, sino un signo del futuro. ¿Qué pasaría si la “viciosa combinación del látigo asiático y el mercado de valores europeo” probara ser económicamente más eficiente que nuestro capitalismo liberal? ¿Si indicara que la democracia, como la entendemos nosotros, ya no es la condición y el motor del desarrollo económico sino su obstáculo? u
REFERENCIAS
(1) Nombre de un lugar imaginario e idílico en un libro de James Hilton, Horizon perdu, 1933.
(2) Véase el estudio detallado de Kenneth Conboy y James Morrison, The CIA’s Secret War in Tibet (La historia secreta de la CIA en Tíbet), University Press of Kansas, Kansas, abril de 2002.
(3) The Future of freedom. Illiberal democracy, W. W. Norton & Company, Nueva York, 2003.
*FILÓSOFO, INVESTIGADOR EN LA UNIVERSIDAD DE LJUBLJANA (ESLOVENIA). AUTOR DE FRAGILE ABSOLU. OU POURQUOI L’HÉRITAGE CHRÉTIEN VAUT-IL D’ÊTRE DÉFENDU, FLAMMARION, PARÍS, 2008.
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