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Vaivenes del Brasil potencia

por Darío Pignotti*
Dinámica agenda
Darío Pignotti*

Fue Nueva Delhi, y no Washington o Buenos Aires, el escenario escogido por Luiz Inácio Lula da Silva para pronunciar un discurso en que dio por muerta la hegemonía de la economía “virtual” y propuso un nuevo “orden internacional”. En medio de la crisis, Brasil se esfuerza por consolidar su rol de potencia mediana.

En la capital de la India, pocos días después de la caída en cascada de las Bolsas de Estados Unidos y Europa y durante una cumbre con el primer ministro Manmohan Singh, el Presidente brasileño propuso que los “países del sur” amplíen su comercio a fin de impedir la contaminación con la crisis financiera y forjen un frente capaz de hacer valer sus intereses en la mesa de poder mundial.

“Es inadmisible que tengamos que pagar por la irresponsabilidad de especuladores que transformaron el mundo en un gigantesco casino, al mismo tiempo que nos daban lecciones de cómo debíamos gobernar nuestros países (…) Estamos determinados a unir nuestras voces sobre temas globales, contribuyendo a la construcción de una nueva arquitectura internacional cada vez más necesaria en este momento de incertidumbre”, afirmó Lula (1).

Que en esta fase aguda de la crisis la proclama de Lula no haya sido lanzada en Washington, Londres o Frankfurt responde a la estrategia de construir una masa crítica de poder cuya dinámica va desde la periferia hacia el centro del sistema.

“Pecado de pragmatismo”. Brasil no apuesta al colapso del actual orden (o “desorden”, como afirmó el canciller Celso Amorim) para después, desde sus ruinas, erigir otro radicalmente nuevo, ni se afilia a un tercermundismo acendrado, al modo del presidente venezolano Hugo Chávez o de su colega boliviano Evo Morales.

La multipolaridad propuesta por el Palacio del Planalto está concebida como un proceso institucional: de allí el reclamo de Amorim, expresado ante Condoleezza Rice durante un encuentro paralelo a la Asamblea de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en septiembre pasado, para que Brasil cuente con un sillón permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, y la aspiración, esgrimida en diversos foros, de ser un convidado algo más que ornamental a las cumbres del Grupo de los Siete. En esa misma línea se inscribe la reivindicación del ministro de Hacienda, Guido Mantega, quien en la reunión ordinaria del Fondo Monetario Internacional (FMI) de octubre pasado, en Washington, propuso un nuevo formato para ese organismo, al que consideró negligente ante el desmadre financiero. También reclamó más espacio en su directorio para las economías en desarrollo. Para materializar su idea del nuevo orden mundial, que también es distinto al propuesto por quienes pujan por “refundar” el sistema financiero (como el presidente francés Nicolas Sarkozy), Brasil requiere concretar pactos tan sólidos como sea posible en el marco de grupos como IBSA (India, Brasil, Sudáfrica), BRIC (Brasil, Rusia, India, China) y el Grupo de los 20 (G-20), integrado por países productores de materias primas.

Será difícil que esos acuerdos surjan con la premura deseada por Brasilia. En buena medida, estas demoras son consecuencia del “pecado de pragmatismo” cometido por Brasil en la Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Ginebra, Suiza (Correa, pág. 12). Allí, Brasil tomó distancia de India, China, Argentina y los países del G-20, al optar por afinar posiciones con Estados Unidos para impedir el fracaso de Doha. Esa actitud fue una derrota por partida doble para Brasil: Doha naufragó y se erosionó el liderazgo de Lula en el G-20.

Brasil quedó entrampado entre dos fuegos. De un lado los países productores de alimentos que, como es el caso indio, defendían salvaguardas a la agricultura familiar para impedir que las importaciones dejaran un tendal de campesinos desocupados y, del otro, los empresarios del agronegocio, enemigos de toda restricción al libre mercado. Puesto a escoger, Brasil optó por los grandes farmers de su país –sector en vertiginoso proceso de transnacionalización gracias al desembarco de tradings y fondos de inversión extranjeros– cuyas exportaciones en 2007 ascendieron a 58.500 millones de dólares.

Una dimensión del hielo que atravesó las relaciones entre Brasilia y Nueva Delhi (clima que la visita de Lula habría logrado disipar) puede atisbarse en una carta del ministro de Comercio indio, Kamal Nath, en la que se “insinúa” que los brasileños eligieron apartarse del G-20 a cambio de un acuerdo que les permitirá exportar etanol a Estados Unidos y la Unión Europea (2). Los cimbronazos de la OMC también estremecieron el diálogo entre Brasilia y Buenos Aires, diferendo al que se sumó recientemente la tensión comercial derivada de la valorización del dólar (cerca del 40% en dos meses) en Brasil, con el concerniente perjuicio para las exportaciones argentinas, algo que reanimó el fantasma de 1999, cuando otra depreciación de la moneda brasileña hizo crujir al Mercosur.

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Los fundamentos políticos que nutren las relaciones entre los presidentes Lula da Silva y Cristina Fernández de Kirchner guardan distancia de los que ligaban en 1999 a Fernando Henrique Cardoso y Carlos Menem, ambos devotos, aunque con diversa pasión, del Consenso de Washington.

Lula y Fernández parecen inspirados por una similar convicción en favor de un nuevo diseño de las relaciones de poder mundial que supere la actual unipolaridad.

Esa sintonía política entre el Planalto y la Casa Rosada redundó en la creación de la Unión de Naciones Sudamericana (UNASUR) y dio impulso al aún nonato Consejo de Defensa Sudamericano. Dos instancias que coadyuvan al ensanchamiento de las esferas de autonomía regional, incluyendo la muy sensible agenda militar. Los mecanismos de consulta entre Lula y Fernández operaron con celeridad para garantizar la estabilidad democrática en Bolivia y convocar una reunión de UNASUR el 15 de septiembre pasado, apenas cuatro días después del conato golpista contra el mandatario Evo Morales. Con todo, resta saber si esa sintonía política es suficientemente robusta como para hacer frente a los desafíos del maremoto financiero y la prevista recesión mundial.

Al sur del Sur. En Mozambique, último punto de su periplo internacional de octubre, Lula abogó por una suerte de neo-tercermundismo con las potencias emergentes –Brasil, China, Rusia e India– como locomotora de un convoy al que deberían sumarse los países de menor desarrollo económico de América Latina, África y Asia. África constituye una pieza clave en el proyecto, como prueban los tres viajes que Lula realizó a ese continente en el último año (fueron nueve desde que llegó al gobierno) y el salto de 5.000 a 20.000 millones de dólares registrado en el comercio bilateral entre 2003 y 2007.

En su aspiración a consolidarse como una potencia media, Brasil requiere expandir su área de influencia en el Atlántico hasta las costas africanas, especialmente aquellas pródigas en petróleo como las de Angola, donde ya está actuando la petrolera Petrobras.

Al desplazar su radio de acción hacia el Este, Brasil traba una silenciosa guerra de posiciones con China, que, como el propio Lula reconoció ante un grupo de empresarios, lleva años construyendo obras de infraestructura y financiando proyectos para la explotación de minerales, energía y alimentos (3). En este duelo geoeconómico, las armas brasileñas son sus grandes empresas de energía, infraestructura y las del sector de agronegocios, especialmente las productoras de biocombustibles.

Vulnerabilidad. Brasil logró la autosuficencia petrolera en 2006 (si bien aún importa derivados del petróleo); es una potencia industrial y agropecuaria; su balanza comercial es superavitaria y no hay en el corto plazo amenaza de colapso energético. Esos datos llevarían a la inmediata –e inexacta– conclusión de que es invulnerable a los cimbronazos internacionales.

Pero esta crisis ha demostrado que no lo es: el gobierno anunció la liberación de al menos 50.000 millones de dólares para dotar de recursos a los bancos y autorizó la estatización de entidades financieras en aprietos. La apertura sin atenuantes del mercado bursátil, política en la que Lula no guarda diferencia alguna con Cardoso, constituye uno de los factores que explican los zigzagueos de la Bolsa de Valores de San Pablo, que al parecer afectarán a la economía real.

Las señales de caída de demanda externa de materias primas y la falta de crédito para financiar la producción y las exportaciones han llevado al Planalto a revisar sus proyecciones de crecimiento para 2009 (4 a 4,5% del PBI) y admitir posibles recortes de gastos.

Es en ese punto donde se tocan las agenda externa e interna. Lula parece estar advertido de que su dimensión como artífice, junto a otros líderes, de un orden mundial multipolar depende, y mucho, de que su gobierno logre sobrevivir inmune a las turbulencias exógenas. ♦

REFERENCIAS

(1) Discursos de Lula durante la recepción oficial en Maputo el 16-10-08 y al inaugurar una oficina de lucha contra el sida, el 17-10-08.

(2) Kamal Nath al director de la OMC, Pascal Lamy, Valor Económico, San Pablo, 26-9-08.

(3) Jacques D’Adeski, “¿Quién le tiene miedo a China en Africa?”, Folha de São Pablo, 23-6-08.


*PERIODISTA, BRASILIA.

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