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Estados Unidos, riesgo para Europa

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Atascada en Afganistán, dividida por la decisión estadounidense de instalar antimisiles en Europa y criticada por Rusia, la OTAN se reúne en Bucarest. Más de 40 años después de que el general De Gaulle se retirara de su mando militar integrado, y a pesar de las promesas de Nicolas Sarkozy de cambiar la decisión, la OTAN se enfrenta a interrogantes existenciales. Mientras algunos sueñan con una unión trasatlántica que garantice la dominación occidental, pocos se preguntan por el riesgo que representa la estrategia estadounidense para Europa.¿Es por la perspectiva de la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) del 2 al 4 de este mes de abril en Bucarest, o por las incertidumbres existenciales de Europa? En cualquier caso, los informes y obras sobre el vínculo trasatlántico y la relación con Estados Unidos se multiplican. Edouard Balladur (1) preconiza un nuevo equilibrio e incluso una Unión entre Europa y Estados Unidos para administrar la seguridad del mundo. Audaz, el ex Primer ministro asimila Occidente y Democracia.

Por otro lado, cinco ex oficiales generales con funciones en la OTAN proponen revitalizar la alianza, creando una dirección conjunta Estados Unidos-OTAN-Unión Europea (UE). Su informe (2) calca, no sin escrúpulos, conceptos del pensamiento militar estadounidense, tales como el empleo preventivo de armas nucleares… (3). Una importante usina de ideas instalada en Bruselas, Security and Defense Agenda (SDA), considera, por su parte, “revisar” la relación trasatlántica (4).
Todos estos escritos presentan tres puntos comunes: analizan el mundo exterior a la OTAN como una amenaza (por lo menos cuando lo mencionan) (5); naturalizan la idea de un Occidente unido por valores comunes frente a una mundialización percibida como caótica; y finalmente esos textos, al constatar la impotencia de los ejércitos occidentales a la luz de las intervenciones en Afganistán e Irak, reclaman una ampliación de las misiones de la OTAN. Sólo el ex ministro de Relaciones Exteriores Hubert Védrine toma distancia de la buena conciencia que atraviesa los demás trabajos (6).
Sin embargo, hay un tema que no se debate; que parece tabú. ¿Estados Unidos constituirá un grave riesgo para la seguridad internacional en los próximos veinte años? Lejos de ser ilegítimo, el interrogante va más allá del equipo que actualmente tiene el poder en Washington, responsable de una de las peores catástrofes geopolíticas de los últimos años –la invasión a Irak– y debería al menos suscitar un debate entre los europeos. El terrorismo islamista y la proliferación de armas de destrucción masiva constituyen riesgos bien reales. Pero al colocar, por un acuerdo tácito, a Estados Unidos entre las soluciones, se excluye de entrada una fuente posible de amenaza sobre la seguridad internacional. De este modo, la reflexión sobre una diplomacia europea propia queda amputada.

Los peligros del unilateralismo

El planeta está viviendo una fase de transición. A un sistema de unilateralismo militarizado dominado por una única superpotencia, le sucede progresivamente un multilateralismo marcado por la emergencia de nuevas potencias (China, India y la UE); por la existencia de otros Estados dotados de armas nucleares (Israel, Pakistán, Corea del Norte e Irán en el futuro) y por la necesidad de administrar la escasez del petróleo y materias primas. Más allá de las amenazas más evidentes (proliferación nuclear y terrorismo), algunos escenarios de guerra probables se esbozan en torno a acciones militares unilaterales (como la de Estados Unidos en Irak) y a conflictos por el control de recursos escasos. En estos dos casos, Washington podría tener un papel desestabilizador, puesto que decide por su exclusiva cuenta.

Implementado desde 1991, el unilateralismo estadounidense posee características únicas, que se amplificaron repentinamente con el traumatismo de los atentados del 11 de septiembre. El poder de Washington supera los límites habituales asociados a la soberanía clásica y se extiende al conjunto del planeta. Este unilateralismo es el de una potencia sin igual, que justifica su identidad con un “particularismo sacralizado” o un “mesianismo democrático radical”.

Esto significa, en primer lugar, el poder de rechazar las reglas de seguridad comunes. Desde la época de William Clinton las autoridades estadounidenses han llegado bastante lejos en esta materia: retiro del Tratado Anti-balístico de Misiles (ABM), para lanzar el programa de defensa antimisilística; aplicación muy “flexible” del convenio biológico que prohíbe cualquier arma de esta naturaleza (como lo demostró, en septiembre de 2001, la crisis del ántrax producido por un laboratorio vinculado al Pentágono y que llevaba a cabo trabajos sobre la militarización de esta sustancia); rechazo a las inspecciones previstas en el convenio sobre armas químicas con el pretexto de proteger los secretos industriales. En este último punto, Washington se coloca al lado de China e Irán para debilitar ese tratado internacional.

A esto se agrega su rechazo del convenio contra las minas antipersonales –también junto a China– para “proteger a las tropas estadounidenses en Corea”, y el rechazo a la negociación sobre el comercio de armas livianas, con el pretexto de que la cuarta enmienda de la Constitución estadounidense abre un derecho a la tenencia de las armas individuales. Estados Unidos también rechazó la administración colectiva de justicia por la Corte Penal Internacional (CPI) que, sin embargo, había sido propuesta por el presidente Clinton. El Congreso estadounidense llegó incluso a amenazar con cortar los subsidios a los países del sur beneficiarios de su ayuda pública si no firmaban un tratado bilateral que les impidiera extraditar a ciudadanos estadounidenses perseguidos por la CPI.

El unilateralismo es, también, el poder de decidir quién, en cada momento, es “el enemigo”: Irak (como afirmó Colin Powell el 6-2-03 en la ONU), Irán, Al Qaeda, etc. Este poder de enunciación impone a la comunidad internacional una agenda, la de la “guerra global contra el terrorismo” y contra la proliferación nuclear. El discurso de George Bush de enero de 2002, en el que denuncia el “eje del mal” es un ejemplo. El presidente estadounidense pasa sin dudar, y sin coherencia, de la guerra contra el terrorismo islamista responsable del 11 de septiembre, a la lucha contra la proliferación nuclear (sin embargo, ni Corea del Norte, ni Irán estaban acusados de relaciones dudosas con Osama Ben Laden). Al establecer una lista precisa de países peligrosos, Bush entrega, implícitamente, patentes de “proliferadores aceptables” a Israel, India y Pakistán, reconociendo así que no todas las proliferaciones son desestabilizadoras.

El unilateralismo es también el poder de actuar militarmente por propia cuenta, ya que el esfuerzo de defensa estadounidense representa la mitad de los gastos mundiales de armamento. La reflexión actual sobre el empleo de armas nucleares pequeñas mini-nukes y la afirmación del principio de la guerra preventiva reflejan los grandes componentes del pensamiento estratégico de un país que no ha sufrido nunca una guerra de destrucción total en su territorio (7), pero que piensa plácidamente en los medios para desencadenarla en los demás países. Finalmente, y esto se ve en Irak, el unilateralismo es el derecho que uno se otorga a sí mismo de volver a dibujar el mapa del mundo. Una prueba de ello es el proyecto del Gran Medio Oriente.

Percepciones comunes

Estados Unidos es la última democracia en haber llevado a cabo una guerra química durante la segunda mitad del siglo XX. En Vietnam, entre 1961 y 1971, cuando lanzó cuarenta millones de litros del “agente naranja”, es decir 336 kilos de dioxina, un producto particularmente tóxico que Europa descubrió en Seveso (8). Los tribunales estadounidenses aceptaron recientemente indemnizar a sus ex soldados víctimas de esta arma atroz, pero se niegan a reconocer el derecho a las víctimas vietnamitas.
¿Podrán las próximas elecciones estadounidenses cambiar la situación? Los candidatos todavía en carrera, Hillary Clinton, Barack Obama y John McCain, tienen bastante en común en este punto. La visión mesiánica de Estados Unidos subsistirá, con una dosis más o menos grande de consulta a los aliados. Incluso Obama, el candidato más sensible a las reacciones internacionales, no ha realizado ninguna audiencia en su calidad de presidente de la subcomisión Europa de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado. El individualismo, el moralismo y el excepcionalismo que impregnan tanto a las elites como a la opinión pública explican el sentimiento consensual de que nadie tiene derecho a cuestionar la pureza de sus intenciones. Ni la precisión de sus definiciones del Bien y del Mal (9).

El deslizamiento estratégico de Washington desde la disuasión –una doctrina de preservación de la paz que funcionó durante toda la guerra fría– a la prevención, que es una lógica de desencadenamiento de la guerra, encuentra su origen en el excepcionalismo estadounidense. Éste postula que la seguridad del país no debe depender de nadie y que podría justificar por sí sola un ataque preventivo. El ataque directo y homicida sobre el territorio estadounidense del 11 de septiembre consolidó este tipo de “postulado”. El único freno psicológico a esta deriva es la muerte de 4.000 soldados estadounidenses; que pesa más en el debate electoral que la de centenas de miles de iraquíes.

Una segunda constante programática de los aspirantes a la Casa Blanca es la solidaridad incondicional con Israel, que hace todavía más aleatoria una paz duradera en Medio Oriente. Favorables al “Gran Israel”, los neoevangelistas reivindican el apoyo del 30% de la población estadounidense; su influencia aumenta el papel tradicional de la comunidad judía (10). Al tratar sobre el mundo musulmán, la mayoría de los discursos políticos incluyen el término de islamo-fascismo, como si el Islam tuviera la exclusividad de la violencia y del radicalismo (11). En la región, la diplomacia estadounidense ha adoptado, por otro lado, la regla del doble estándar. Richard Holbrooke, consejero de la señora Clinton, declaró: “La cuestión central en Palestina no era la democracia sino la paz con Is¬rael… En la región, entre la paz y la democracia, yo elijo la paz sin dudar”(12).

Esta observación parece aplicarse también a Irán, el único país de la región cuyo presidente fue elegido con el 55% de los votos, que es más democrático y menos islamista que Arabia Saudita y menos nuclear que Pakistán e Israel. Las provocadoras declaraciones de Mahmoud Ahmadinejad no deben ocultar al análisis el origen de su búsqueda de armas nucleares: la guerra con Irak (1980-1988), que lo agredió con el apoyo irrestricto de los occidentales. El conflicto causó entre 800.000 y un millón de muertos iraníes, de ahí la influencia que aún hoy tienen los ex combatientes (ya sean Pasdaran o Fundación de los Mártires). El empleo masivo de armas químicas contra estos soldados no fue nunca condenado por los occidentales. Finalmente, Irán está rodeado por fuerzas de una superpotencia que tiene la ambición de derrocar al régimen (las tropas estadounidenses estacionadas en Irak, en Afganistán y en el Golfo Pérsico) y de un nuevo país proliferante, tolerado por Washington, como es Pakistán. En estas condiciones ¿cómo puede un dirigente político de Teherán creer en las garantías de seguridad dadas por los occidentales?

La última característica común a todos los candidatos estadounidenses es una predilección por el sobredimensionamiento de la herramienta militar y por el uso de la fuerza. El presupuesto militar estadounidense para el año 2009 supera los 600.000 millones de dólares. Y el apoyo de la opinión pública al empleo de la fuerza no encuentra equivalente en otras democracias (82% contra 42% en Europa) (13).

Posibles escenarios de conflicto

Cualquiera sea su pertenencia política, los estrategas de Washington no piensan en otra cosa que en la dirección estadounidense de la seguridad del mundo. Este derecho moral se apoya en el principio de supremacía militar: la superioridad tecnológica y el poder de fuego provocan la derrota del adversario. Una vía que está mostrando sus límites tanto en Irak como en Afganistán.

Por otra parte, es posible preguntarse si la supremacía militar convencional estadounidense no acaba siendo un factor de proliferación nuclear. Después de la victoria militar de la OTAN en Kosovo, el jefe del Estado Mayor indio declaró: “No podemos combatir contra Estados Unidos sin armas nucleares”. Simétricamente, la guerra en Irak, las dificultades rusas en Chechenia, así como la invasión israelí al Líbano en 2006 mostraron la restringida eficacia de las herramientas militares clásicas y de las estrategias de destrucción en los conflictos de ocupación. Sin embargo, en lugar de suscitar una reflexión crítica, la situación sin salida de Irak ha terminado en una estrategia de prompt global strike (ataque global sorpresivo) que podría permitir un ataque en cualquier punto del planeta con misiles convencionales, una nueva versión de la superioridad aérea sin riesgos en tierra.

La “fabricación” del enemigo por las usinas de ideas y los estrategas sigue siendo una mecánica muy eficaz. En la Estrategia de seguridad nacional redactada para la señora Clinton por el Center for American Progress (14), la lista de enemigos potenciales es análoga a la de los neoconservadores. Se encuentra allí, en primer lugar, a los rivales por el liderazgo –los Peer competitors– , China y Rusia. Resulta interesante constatar hasta qué punto el debate sobre la subvaluación del dólar con relación al euro ha cambiado, por gracia de la dialéctica estadounidense, en un debate sobre la subvaluación del yen chino.

Respecto de estas potencias, la doctrina adoptada es la del containment (contención), o incluso del desgaste, como muestran los múltiples apoyos de ONG estadounidenses a los países de la periferia soviética (Ucrania, Georgia…). Pero entre estas potencias nucleares el riesgo de guerra es poco elevado, ya que la disuasión seguirá siendo la regla durante mucho tiempo.

Luego vienen los países del “eje del mal”, entre los cuales Irán ocupa un lugar aparte; y finalmente los países dañinos como Siria, Venezuela o Cuba. En este caso, la acción unilateral estadounidense no queda excluida, en particular para compensar una posible derrota en Irak. La decisión de una guerra posible de ganar, contra un enemigo secundario, es siempre tentadora para un militarismo humillado, tal como ocurrió con la invasión de Granada en 1983 por Ronald Reagan, después de la revolución iraní de 1979.

Contra Irán, las cosas son completamente distintas. El riesgo nuclear
existe, porque Washington no soportaría una resistencia duradera. Cuando Obama excluyó el recurso de las armas nucleares para atacar objetivos vinculados con Al Qaeda o a los talibanes en Afganistán y en Pakistán, fue inmediatamente criticado por Hillary Clinton, que afirmó que un presidente estadounidense no puede dejar de lado la opción nuclear.

Otro escenario de conflicto probable es la guerra por el control de los recursos. Más que nunca antes, Estados Unidos importa muchos productos básicos y recursos energéticos. Y su dependencia va a aumentar: al 66% el consumo de petróleo y al 20% el consumo de gas en 2030, contra el 47% y 18% hoy en día (15). Por otra parte, las necesidades energéticas de India (90% de su consumo) y de China (80%), que se aprovisionan sobre todo en Medio Oriente, son inmensas. ¿Cómo podría administrar Washington un embargo o una captación de algunos de estos recursos por una potencia regional (nueva OPEP) o global (China en África; los rusos en el mercado petrolero y gasífero…)? ¿Por el libre juego del mercado o por una acción armada?

La aparición (más o menos inminente) en el Golfo Pérsico de barcos de guerra chinos o indios, que según la terminología usual vendrían a “dar seguridad a sus vías de aprovisionamiento”, ¿será vista como una injerencia o como una contribución a la estabilización global?

La posición europea

Ninguno de estos escenarios es seguro. Pero la transición hacia un sistema multilateral abre, como todas las fases de mutación, un período inestable. Las fases de estabilidad duraderas están ligadas al equilibrio de las potencias y no al desarrollo o al retroceso de la democracia en el mundo. Para garantizar la estabilidad durante la guerra fría, los países occidentales sostuvieron o instalaron dictaduras, como la de los coroneles en Grecia o la de los militares en América Latina en los años 1970. En cambio, las fases de inestabilidad internacional nacen de la afirmación de nuevas potencias y de su voluntad de modificar el orden existente: Alemania cuestionando la imposición de Versailles después de 1918; los pueblos colonizados cuestionando el orden colonial; Pakistán e India tratando de volver a dibujar el trazado colonial, incluso por medio de la guerra, etc.

La voluntad estadounidense de prevenir la emergencia de un competidor es la actitud clásica de una potencia, pero no constituye un proyecto de seguridad internacional. En otros tiempos, la potencia británica enunció el “doble estándar”: un rival sólo tendría derecho a poseer una flota que alcanzara a la mitad del tonelaje que tenía la flota de su Graciosa Majestad. La reflexión estratégica estadounidense es análoga. Resultó fascinante escuchar al Secretario de Defensa Donald Rumsfeld en China, en noviembre de 2005, explicar a las autoridades locales hasta qué punto su esfuerzo de defensa era preocupante, aunque éste no llegara, en el mejor de los casos, a un sexto del presupuesto del Pentágono.

No menos sorprendentes son las repetidas acusaciones contra los agentes iraníes que estarían desestabilizando a Irak, como si los 150.000 soldados estadounidenses y los 150.000 mercenarios allí presentes hubieran contribuido a la paz en la región.

Ciertamente Estados Unidos no es una amenaza, pero sí un riesgo. Los países europeos deben interrogarse sobre el proyecto diplomático oculto tras el llamado a un papel reforzado de la OTAN. Después de Afganistán y sobre todo de Irak, ¿qué país no occidental percibirá las capacidades de proyección de la OTAN como una fuerza destinada a estabilizar una región en crisis?

¿Dónde está el interés de Europa? En primer lugar, en la construcción de una seguridad internacional multilateral que tenga en cuenta los intereses legítimos de cada uno y no solamente el derecho de las “potencias occidentales” a administrar la seguridad del planeta. Los mismos excesos de violencia y de ilegalidad, ya sean estatales o no estatales, son condenables en los mismos términos. Los muertos palestinos por los bombardeos israelíes son tan inadmisibles como las víctimas de los atentados terroristas. Si el contraterrorismo mata más que el terrorismo, ¿qué es lo que se denuncia?

Lo mismo ocurre con el secuestro ilegal y la detención arbitraria de un individuo: en el caso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), se lo denomina toma de rehenes, mientras en el caso del centro de detención de Guantánamo, se lo denomina una “detención arbitraria”. Ingrid Betancourt fue secuestrada el 23 de febrero de 2002. El Campo Delta de Guantánamo fue creado el 27 de febrero de 2002 para los primeros prisioneros de Afganistán que nunca fueron juzgados…

Para desempeñar su papel, Europa debe cesar de mirarse en el espejo de Estados Unidos y diferenciarse en tres decisiones principales. En primer lugar, su proyecto diplomático sólo puede ser el de una “potencia militar sin ambición imperial”. De lo que se desprende una modificación notable de su relación con la OTAN, que hasta ahora sigue siendo el único sistema de alianza militar en el planeta. La unidad europea ha estallado a propósito de la guerra de Irak. Y la amenaza de guerra contra Irán presenta los mismos riesgos.

En segundo lugar, la estrategia europea de recurrir a la fuerza debe diferenciarse de los conceptos estadounidenses de destrucción, y presentar estrategias de neutralización. En las crisis recientes (Yugoslavia, Kosovo, Timor, Afganistán), los occidentales pagaron el costo de reconstrucción de las infraestructuras que habían destruido. Pero tal vez valga más destruir lo menos posible y evitar convertir a las poblaciones “liberadas” en enemigos.

Finalmente, Europa debería disponer de su propio sistema de evaluación de las crisis, y no depender más de las informaciones estadounidenses. Las mentiras de Estados Unidos y de los británicos para justificar la guerra de Irak señalan la urgencia de una reflexión sobre los recursos europeos. Todas estas propuestas llegan difícilmente al debate público; sin embargo, son seguramente muy actuales.

REFERENCIAS
1) Pour une Union occidentale entre l’Europe et les Etats-Unis, Fayard, París, 2007
2) General John Shalikashvili (Estados Unidos), general Klaus Naumann (Alemania), almirante Jacques Lanxade (Francia), Lord Inge, (Reino Unido), general Henk Van der Breemen (Países Bajos), “Towards a grand strategy for an uncertain world: renewing transatlantic partnership”; www.csis.org/media/csis/events/080110_grand_strategy.pdf
3) Vèase páginas 96 y 97 del informe.
4) “Revisiting NATO-ESDP relations. ESDP: European Disaster Relief Force”. En: www.securitydefenceagenda.org/
5) Balladur no dice una palabra sobre India, Japón o Corea del Sur cuando habla de la democracia.
6) Hubert Vedrine, “Rapport pour le président de la République sur la France et la mondialisation”, París, 2007. En: http://www.hubertvedrine.net/publication/rapport.pdf
7) La guerra de secesión de 1861-1865 puede difícilmente ser comparada con la Segunda Guerra Mundial.
8) Francis Gendreau, “El agente naranja aún mata en Vietnam”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2006.
9) Hassner, “Etats-Unis: l’empire de la force ou la force de l’empire“, Cahiers de Chaillot, París, setiembre de 2002.
10) Véase Emmanuel Todd, Après l’Empire, Folio, 2007.
11) Para una exposición más amplia de las intolerancias religiosas, véase “La violence au nom de Dieu“, Revue internationale et stratégique, París, primavera de 2005.
12) Le Monde, París, 26-1-08.
13) Bruno Tertrais, Où va l’Amérique?, Fondation pour l’innovation politique, París, octubre de 2007.
14) www.americanprogress.org
15) Emmanuel Todd, Après l’Empire, Folio, 2007.

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